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No creo en la crítica objetiva. Sólo conozco una o dos personas a las que le interesan mis opiniones. y a veces creo que lo hacen por cortesia.

lunes, 29 de julio de 2013

"Los diez mil" de Paul Kearney

La contraportada de "Los diez mil" podría considerarse un caso grave de spoilers. En ella se anticipan acontecimientos que ocurren bastante a la mitad del libro, y que son graves, incluso podrían considerarse un "giro inesperado". Claro que, a estas alturas de la vida, con internet y esas cosas, es raro la persona que no sepa que "Los diez mil", es la peculiar versión de "La anabasis" de Jenofonte que ha realizado Paul Kearney en clave de fantasía épica, así que esos acontecimientos eran inevitables y se venían esperando. Los países imaginarios por los que transitan los protagonistas, se parecen mucho a la antigua Grecia y al imperio persa, como evidencia el mapa de la página 6. Si lo miras por internet, la mayoría de los reseñadores alaban su fidelidad histórica. Yo no seré uno de ellos, simplemente porque es un tema del que no entiendo, uno mas, por cierto. Si quieren leer a a alguien que sabe lo que dice cuando alaba o crítica el rigor histórico de un texto, hagánlo en esta página, aunque ya es raro buscar rigor histórico en una novela fantástica.

Aunque, dicho sea de paso, los elementos fantásticos son mas bien inexistentes. El mundo en el que transcurre la historia no es el nuestro, sus dioses no se corresponden con los de ninguna mitología que yo conozca, a pesar de las similitudes de algunos nombres y algunas historias. Existen razas de no humanos, o de tal vez no humanos, puesto que no son demasiado diferentes de los seres humanos. Lo único tal vez sobrenatural son unas misteriosas armaduras negras, pero no hay anillos mágicos, ni hechiceros que lancen rayos.

Básicamente se nos cuenta la historia de una expedición mercenaria, en la que se alistan dos jóvenes que proporcionan el punto de vista inicial. Por lo tanto, las batallas son inevitables. ¡Y qué batallas! No se puede negar que están magnificamente descritas. Son emocionantes, son brutales, sangrientas, aterradoras y extremadamente desagradables. Todo lo que se cuenta parece plausible, en cuanto a armamento, rutas, suministros, intendencia, ese tipo de cosas que parecen ser las que realmente deciden el curso de una batalla, y que no solían estar suficientemente tratadas en las novelas de fantasía épica hace unos años (actualmente la fijación por lo militar empieza a parecer una obsesión). Sin embargo, el gran acierto de Kearney no es este cuidado de los detalles sino lo vividas y creíbles que resultan sus escenas. Tal vez las cosas no sean así, pero podrían serlo. Si no fuera un tópico tan manido diría que el lector siente como propia la experiencia de formar en una falange, sostenido y empujado por las filas que le suceden hacia el ejército enemigo.

Todo está escrito con gran naturalismo, no se trata de que no se camuflen los aspectos menos glamourosas de la vida, sino que se subrayan. La escena de un banquete en un palacio suntuoso de una gran ciudad puede ser sucedida por una batalla en medio de un lodazal. Los soldados sangran, sus heridas se infectan, sus cuerpos se congelan y gangrenan por el frío y el hambre, pierden dientes y son mutilados, los campos de batalla se convierten en carnicerías putrefactas tras los combates, las ciudades por las que pasan quedan abocadas al hambre, y los mismos soldados que en un determinado momento se comportan como héroes disciplinados y valientes, al instante siguiente pueden convertirse en codiciosos saqueadores y violadores.

Y con todo, es un libro bastante bello. Hay belleza y lirismo en las descripciones de los parajes y ciudades por las que se mueve su ejército. El uso del lenguaje es en ocasiones hasta poético. Hay una visión trágica de la vida, se admira el valor y el heroísmo, pero se condena la guerra y se muestran continuamente sus consecuencias. Hay también una reflexión sobre el conflicto cultural. Los dos pueblos que entran en contacto consideran al otro como poco menos que animales. Los diálogos de Jasón y Tiryn, en los que poco a poco se van acercando, a través de la simple traducción de palabras son geniales.

Los personajes están bien trazados, se desarrollan lo justo, sin suponer profundos retratos psicológicos ni personajes de cartón piedra. Quedan claros desde el primer momento sus motivaciones y sus puntos de vista, no son ni héroes ni monstruos, las mas de las veces todos tienen su parte de razón, resulta díficil repartir las simpatías y los mas idealistas son los que resultan peor finados.

Se recurre a la típica y estandarizada construcción a trozos, por medio de escenas impactantes, tan común en nuestros días que resulta extraño recordar que hubo una época en que el relato continuo reinaba en la literatura. El defecto mas habitual de esta construcción es, a mi entender, que tiene a aumentar la cantidad de paja y de texto irrelevante. Se dedican muchas palabras a describir el escenario de la escena que empieza, hacer una idea de como se ha llegado allí y, en general, se mete mucha paja, para que, por contraste, el final de la escena resulte mas impactante. Kearney evita sucumbir en todos esos usos gracias a una concisión y un uso de la elipsis ejemplares. De tal modo que, una historia que contada de este modo clásico daría fácilmente para unas quinientas páginas, se cuenta en apenas trescientas, y a pesar de ello se toma su tiempo para que los personajes hablen entre ellos, evolucionen, y la acción tenga un desarrollo dramático correcto.

Es pasmoso encontrarse a veinte páginas del final de la novela, que queden tantas cosas pendientes que uno casi espera que llegue el maldito "Continuará" ¡y que los personajes se pongan a hablar! Sin embargo lo hacen y la novela acaba y acaba correctamente. Sin embargo, aunque no da una sensación precipitada, tal vez si que acabe demasiado rápidamente. El triste final de la historia se ve venir, y tal vez todo suceda demasiado deprisa en las últimas treinta páginas. Ese es el único pego que le pondría a esta obra.

sábado, 13 de julio de 2013

"La ciudad embajada" de China Mieville


China Mieville podría haberse pasado toda la vida escribiendo novelas ambientadas en el universo de Nueva Crobuzon y probablemente tendría millones de fans en todo el mundo que se enzarzarían por Internet en acalorados debates sobre el trazado de las calles de su urbe imaginaria y agotarían las ediciones de sus libros antes de que llegarán a las librerías y tendría el suficiente dinero para comprar como adorno para el jardín un tanque o un Mirage.

En lugar de ello, ha optado por reinventarse a si mismo en cada nueva obra reinterprentando diferentes géneros bajo su prisma personal. Ahora le ha llegado el turno a la ciencia ficción. Podríamos decir que “Ciudad Embajada” es a la ciencia ficción lo que “La ciudad y la ciudad” es a la novela negra. Y agradecido que estoy por haberlo visto, porque “Ciudad embajada” es la mejor novela de ciencia ficción que he leído en lo que va de año, o, como mínimo, la mejor contemporánea.

Como algo hay que contar del argumento, diré que la acción transcurre en una colonia en un remoto planeta, cuyos aborígenes, los arikei o los anfitriones, son expertos en biología, crianza, manipulación genética o como queramos llamarlo. Toda su tecnología es orgánica, toda su tecnología está viva y los terrestres dependen de ella hasta para obtener el aire que respiran.

Los anfitriones tienen dos bocas y han evolucionado de tal modo que su lenguaje necesita hablarse por dos bocas a la vez. Por motivos que nunca justifica muy creíblemente, para los anfitriones las palabras no son mas que un canal hacia la mente de su interlocutor, de modo que no pueden hablar con intercomunicadores, traductores ni inteligencias artificiales Para comunicarse con ellos, fue necesario criar a mediante clonación a gemelos idénticos unidos continuamente por un enlace mental, los embajadores, que son los únicos que pueden comunicarse con los embajadores y constituyen la casta gobernante de la ciudad. Curiosamente en el texto, los nombres de los embajadores aparecen en singular, pero los verbos en plural. Cosas como “Calvin andaban por el pasillo”, reflejando el hecho de que son dos. Un recurso sencillo y creativo, que debe evidenciar que Mieville hace algo parecido en el original, pero me preguntó el qué, puesto que los verbos suelen ser iguales en inglés en singular y plural.

En estas llega al planeta un nuevo embajador, el primero llegado desde fuera del planeta. Y hasta aquí puedo contar. Sólo diré que lo que se desencadena es muy apocalíptico.

Las catástrofes y los golpes de efecto se suceden uno tras otro a un ritmo vertiginoso, los protagonistas no paran de afrontar penalidades, catástrofes y crisis, unas detrás de otra. El aburrimiento es imposible en su lectura. Quizá se podría argüir que tal vez hubiera sido mejor un ritmo más reposado y un mayor número de páginas, que hubieran permitido desarrollar más los personajes y el impacto que todo esto tiene en ellos. No sabría decir, la novela está bastante bien como está, y soy de los que opinan que mas vale que falten páginas a que sobren.

Los frikis culo-gordos como yo se pueden quejar de lo rebuscado que resulta que los anfitriones no entiendan a las inteligencias artificiales, pero si entiendan una grabación, si está fue hecha por un embajador, porque la hizo una persona con consciencia, aunque si la escuchan mucho pierda sus propiedades y es sólo sonido. Hay un par de cuestiones flojillas como esas, de las que hacen enloquecer de furia a los escritores cuando algún fan listillo se las pregunta en las convenciones, y Mieville parece de los que tienen poca paciencia, aunque en este caso me parecen algo más importantes. Creo que las mete para justificar que ciertos personajes puedan hacer un viaje, necesario para la trama, porque no fue capaz de resolverlo de modo más elegante. De igual modo, el tema de la arquitectura y la tecnología viva, una idea fascinante y ya clásica en la ciencia ficción, no está plasmada de un modo creíble. No me estoy refiriendo a que sea científicamente plausible o no, que en esta ocasión no me importa lo mas mínimo, sino a que consiga hacer que el lector se sumerja en ese mundo que ha creado. Hay algunas imágenes fascinantes, cuando nos habla de granjas salvajes, de anuncios abandonados errantes, de casas que se inclinan y anticuerpos limpiadores, pero, la mayor parte del tiempo, la acción podría estar transcurriendo igual en un Nueva York post apocalíptico, lo cual ya es raro, porque la descripción de ambientes, cuanto mas extraños mejor, es uno de los puntos fuertes de Mieville. En todo caso, estos puntos no entorpecen el goce de la lectura.

Hay reflexiones sobre el poder, la religión, las drogas, el colonialismo y el independentismo y sobre todo ¡SOBRE EL LENGUAJE! Esta parte y los anfitriones son lo más interesante del libro. Mieville ha creado a unos alienígenas realmente fascinantes, que tienen una evolución fascinante, y su relación con el lenguaje y el Idioma mismo es, ..bueno, ¡FASCINANTE! Hay sentido de la maravilla a porrillo, es un auténtico “festín de la imaginación”, como decía Miquel Barceló. Me encantaría poner ejemplos para demostrarlo, me muero por hablar de los símiles, no se creerían lo importante que son los símiles en la trama, ni la forma que toman para los anfitriones, ni como el lenguaje puede modelar la visión de la realidad, o la realidad modela al lenguaje, o la capacidad de cuestionar la realidad modela la consciencia. Cuestiones que parecen muy abstractas pero que en la novela son preocupaciones muy concretas. Y urgentes. Pero hablar de todo eso sería adelantar sorpresas y hallazgos argumentales que es mejor que se encuentre por si mismos mientras la leen. Porque “Ciudad embajada” es una novela de la que es muy divertido hablar, pero que es mucha mas divertido leer.