Buscar este blog

No creo en la crítica objetiva. Sólo conozco una o dos personas a las que le interesan mis opiniones. y a veces creo que lo hacen por cortesia.

lunes, 30 de diciembre de 2013

Grandes directores malos: Hiroshi Inagaki, cine de samurais.









El reciente estreno de la película “47 Ronin”, conocida en España como “La leyenda del samurai”, dirigida por Carl Rinsch, aunque para todo el mundo sea mejor conocida como “la del Keanu Reeves”, me ha hecho recuperar esta sección que tenía tan olvidada. Ante el horror que tiene toda la pinta de ser esta película, seguro que algunos ya estarán reivindicando la obra de Hiroshi Inagaki. Grave error.

Hiroshi Inagaki (1905-1980) dirigió un buen puñado de películas de samurais, entre las que por supuesto se encuentra una larga adaptación de la leyenda de los 47 samurais. En 1954 ganó el oscar a la mejor película extranjera por Samurai, el comienzo de su trilogía sobre Musashi Miyamoto, quién, por cierto, nunca he tenido claro si realmente era un samurai, aunque desde luego fuera un gran espadachín. No se trata de restarle méritos, la trilogía de Inagaki ha sido la única obra de ficción que ha conseguido despertar en mí algo parecido a simpatía por Musashi, aunque sospecho que se debía mas bien a la interpretación de Toshiro Mifune, puesto que Musashi Miyamoto  siempre me ha recordado a ese pistolero idiota del oeste que quiere hacerse un nombre desafiando a un pistolero legendario, pero mucho me temo que el nivel de las películas que competían por ese oscar en 1954 debió ser muy bajo.

Hombre, ya nos conocemos los oscars, y sabemos que los votos de la academia responden a criterios de lo mas peregrinos, que muy a menudo no tienen nada que ver con la calidad de los filmes a concurso. Mi teoría es que los miembros del jurado se dijeron ¿una película de samurais protagonizada por Toshiro Mifune? ¿Cómo las de Kurosawa? ¡Esto tiene que ser oro puro!

Si a la mayor parte de la gente que se las da de cinéfilo le preguntaran en el trivial “Director japonés que rodó innumerables películas de samurais con Toshiro Mifune” la mayoría gritarían ¡Akira Kurosawa! Sólo unos pocos nos acordaríamos de Inagaki. Su tendencia a rodar las películas en partes hace difícil saber cuantas películas rodarían juntos. La misma trilogía de Musashi ¿son tres películas o en realidad es una muy larga? Recuerdo haber visto mas de diez, la wikipedia no ayuda, porque los títulos en japonés resultan muy poco evocadores y faltan muchas. En prácticamente todas ellas el protagonista es Toshiro Mifune, y cuando no lo es, es un secundario fundamental, como en su ya mencionada adaptación de la leyenda de los 47 samurais. Es innegable que debía de haber buena sintonía entre ellos, o se habrían matado después de tanto tiempo en el mismo plató. Toshiro Mifune incluso protagoniza “El hombre del carrito”, la, por lo que sé, única película de Inagaki que ni va de samurais ni sobre la mitología japonesa, como “Los tres tesoros”, y que puede que sea su obra maestra, al menos es su única película que suele aparecer en las selecciones de los grandes directores japoneses.

En esta sección suelo hablar de directores con talento que nunca hicieron una película buena, o, al menos, nunca hicieron una obra maestra. ¿Entra Inagaki en esta categoría? Pues no sabría decirlo. Es un director con el que uno se plantea si no habrá por en medio algo cultural que impida disfrutarle a tope a un occidental. Salvo por alguna excepción como “Goemon”, es un director que no me parece ni bueno ni malo sino todo lo contrario.

Si le buscara un equivalente en el americano contemporáneo, el primero que se me ocurriría es Ron Howard, pero hasta Ron Howard parece más personal. Inagaki era un director de estudio que sabía llevar adelante sus proyectos. Los actores y las actrices salían guapos (creo, los cánones de belleza orientales…), los trajes de época se exhibían correctamente, todo rodado con profesionalidad y con sentido del espectáculo, aunque esto último sólo se aprecia en sus últimas películas, las que producía Mifune, que tenían mas medios.

También era un director mas frío que el corazón de los directivos de Bankia, sus argumentos podían ser melodramáticos y trágicos, pero su dirección no lo era. Aunque graves defectos, no soy capaz de recordad absolutamente nada en lo que destacara, que hiciera sus películas especiales o las levantara por encima de la mediocridad.

Con todo, no quiero dar la opinión de despreciar sus películas. Si te interesa la cultura japonesa, su historia y sus mitos, es tu hombre, aunque la cantidad predomina sobre la calidad, y no se puede negar el principal atractivo de sus películas: las interpretaciones de Toshiro Mifune.

PD: Las referencias a los títulos de películas se han escrito con los que encontré cuando las busqué por internet, es decir, son los títulos que se les dio en castellano y en inglés. Soy incapaz de deletrear los títulos originales.

sábado, 14 de diciembre de 2013

"La ciudad al final del tiempo" de Greg Bear




Esta novela me ha resultado desconcertante. Empecemos por el argumento: tenemos a Jack y a Ginny, dos jóvenes de nuestro tiempo, que más o menos tienen poderes, para ser exactos poseen una especie de talismanes que les permiten moverse entre realidades o alterar las probabilidades. Hay unos tipos bastante siniestros que les persiguen. Además cuando se duermen en ocasiones intercambian sus cuerpos con Jebrassy y Tiadba, que a su vez son unos jóvenes que intentan huir de una especie de ciudad en la que viven en un futuro muy, muy lejano, tan lejano que el universo está llegando ya a su fin, devorado por algo llamado el Tifón.

Así sobre el papel parece el esquema de serie de novelas juveniles, y la verdad es que eso me alejó de esta novela durante mucho tiempo. Si les rebajáramos un poco la edad a Jack ya Ginny (esta sólo tiene dieciocho, pero es un tema mas espinoso de lo que parece y no lo puedo explicar sin spoilers), tendríamos a un par de adolescentes atormentados dotados de poderes que no comprenden, cual si fueran miembros de la patrulla X, acosados por misteriosos enemigos y destinados a convertirse en los salvadores de un universo futuro mucho mas exótico que el real. Además, Jebrassy y Tiadba encajan en el molde de adolescentes que se enfrentan a una sociedad reglamentada y opresiva. El tema de los desplazamientos mientras duermen podría haber dado incluso para tetraedros amorosos. Vamos que aquí podría haber salido una trilogía de éxito que J.J Abrams y sus secuaces estarían deseando en convertir en serie de televisión.

Por suerte o por desgracia, no eran esas las intenciones de Greg Bear. ¿Cuáles eran sus intenciones entonces? Pues eso es lo que me resulta desconcertante. No sabría decirte si estamos ante un mero divertimiento o ante una reflexión filosófica sobre la naturaleza de la realidad, el devenir del tiempo y el destino de la humanidad. De hecho en los comentarios que hace la gente en la red sobre esta novela, la manía de poner etiquetas a una obra que nos definan claramente lo que es resulta controvertida. Nadie sabe si estamos ante una novela de ciencia ficción o de fantasía pura y dura. Si, se habla de partículas subatómicas, de líneas temporales que colapsan y hay bastante jerga científica no explicada. También hay musas (como suena), y libros que cambian espontáneamente su contenido o vierten sus palabras y quedan en blanco.

La propia publicidad no para de hablar de las referencias a Borges (está llena de bibliotecas infinitas) y a “La torre oscura”, de Stephen King. Esto ya es algo más discutible. Curiosamente, nadie menciona a William Hope Hodgson, autor en el que empiezo a pensar cuando leo eso del último reducto de la humanidad en un universo dominado por la oscuridad, al final del tiempo. Luego cuando se habla del explorador que abandonó la ciudad para ir a buscar a su amor perdido, empiezo a gritar ¡El reino de la noche! ¡El reino de la noche! Luego se meten en armaduras para salir al exterior, y empiezo a perder la voz. Cuando llegan al Valle de los Dioses Muertos (esto me suena más bien a “La casa en el confín de la tierra”), ya estoy afónico. Afortunadamente, poco antes del final, descubro que no soy un fan maniaco obsesivo, cuando Glaucous dice: “recorrí las trincheras en los alrededores de Yprex, hace casi cien años, buscando un caballero en concreto… un tipo robusto y poeta. Soñaba o eso me habían hecho creer, un llamado Último Reducto. Antes de partir había escrito un libro, detallando sus sueños. Pero la guerra ya lo había volado por los aires. Malos años para los cazadores, los años de la guerra.” Curiosamente, a pesar de que tiene partes fascinantes, “El reino de la noche” se me hizo bastante insoportable cuando lo leí…

Bueno, estas divagaciones han sido divertidas, añadiría que la frase, “¿Sueñas con una Ciudad al final del Tiempo?”, queda divina para camisetas, banners y publicidad viral, pero habría que empezar a ponerse serios. El asunto es, independientemente de lo que haya querido decir el autor. ¿Está bien este libro? ¿Merece la pena leerse?

Pues casi te voy a contestar, y me parece que te voy a decir que no.

Recurramos los apartados básicos. ¿Personajes? Marca de la casa más bien poco definidos. Algunos mejores que otros, los tipos siniestros sobre todo. El Glaucous que he mencionado antes es el más trabajado, aunque no estoy seguro de si me convence su actuación final, fundamental para el desarrollo de la trama. El cambia cuerpos también es un personaje interesante y el coleccionista de libros Arthur Bidewell. No así los chavales protagonistas, que resultan algo esquemáticos y no hablemos del resto de los secundarios.

“Las brujas de Eastlake” El truco para distinguirlas es recordad que una es médica, otra es la que encontró a Jack ya Ginny. De las otras dos….una es pelirroja y la otra es una toca pelotas. Pero a veces la toca pelotas no ejerce su papel y no se puede mencionar siempre el color del pelo, con que….

Los compañeros de expedición de Tiadba. Ahí ya ni me meto. Me resulta imposible recordarlos. Recuerdo que había dos hembras y que siempre decían lo que hacia una detrás de la otra, para poder escribir: “la otra hembra…”

¿El estilo? No está mal del todo. Betsellero alto, insustancial pero eficaz, la mayor parte de las veces. Con todo, hay pasajes que deberían resultar un festín de maravilla, que en cambio resultan fatigosos e incomprensibles. Creo haber leído en algún sitio que Greg Bear también es dibujante. Quizá eso le ayuda a imaginarse las cosas de forma visual. Por desgracia, sus descripciones son muy malas, y esto es una constante en su obra, visiones portentosas de las que no logra hacer partícipe al lector.

¿Es entretenido? En parte. El comienzo es muy pausado. Emplea demasiado tiempo en describirnos el mundo cotidiano de Jebrassy y Tiadba, cuando, a fin de cuentas, su parte de la historia consiste en como lo abandonan. La traducción, la incapacidad de Bear, la costumbre de los escritores de ciencia ficción de no explicar las cosas y dejar que sea el lector quien encaje las piezas, juego con el que habitualmente disfruto, pero…. todo contribuye a que no se entienda mucho. Y es sólo el comienzo.

Mientras tanto, la parte que transcurre en el mundo digamos real antes de que las cosas empiecen a liarse, es también demasiado larga. No se me hizo larga, pero lo es, aquí entra en juego el criterio y el gusto de cada lector. Uno es tan bibliófilo que no puede menos que encontrar fascinantes las descripciones de bibliotecas infinitas, las historias sobre las arañas que se mueven entre los libros, los libros que guardan mensajes ocultos en sus erratas y en las diferencias entre varios ejemplares de un mismo volumen, las ediciones enteras cuyos libros cambian su contenido, todos a la vez, y aún así se pueden detectar los cambios…

Luego se lía la gorda, y durante muchas páginas es un libro muy emocionante, de cuya lectura es muy difícil sustraerse, pero alarga el clímax durante tantas y tantas páginas, que la pompa al final se deshincha, y el lector acaba perdiendo el interés por lo que está leyendo, a lo cual contribuye la cantidad de fenómenos extraños, físicos, temporales, de todo tipo, que no se entienden bien y que configuran el Apocalipsis mas peculiar de todos los tiempos y un final, para el que Bear se guarda muchas cartas en la manga, en el que muchas cosas encajan y hay grandes ideas, pero que a esas alturas ya no impresionan al cansado lector, que, con el piloto puesto, sólo puede pensar en lo que hará después de terminar el libro. Y por favor, no me hagan hablar del destino final de los malos de la película.

Es una novela irregular, con grandes ideas, brillante en ocasiones y no tanto en otras, difícil de leer y demasiado larga, porque, en mi opinión, el esfuerzo empleado no se ve compensado por el placer de su lectura.

lunes, 9 de diciembre de 2013

"La edad del vuelo" de Alberto Moreno Pérez (Espiral CF 53 (I) )









Como cuenta la contra portada, esta novela transcurre en un futuro en el que el ser humano ha conseguido volar, creando en torno a sus cuerpos superficies intangibles en forma de ala. Roberto Van-Merr, es uno de esos hombre ala, un deportista de élite cuya avanzada edad le hace rondar el retiro, cuya única pasión en la vida es volar, y de las decisiones que tomará cuando se vea afrontada a abandonar el final de su vida deportiva, aunque en realidad a Roberto Van-Merr nunca le importó la competición en sí, en su caso era un medio para un fin, y el fin era volar.

Es complicado contar más del argumento sin desvelar sus hitos principales. La contra portada también nos avisa de que es ciencia ficción con elementos hard, lo que está de vicio para los que amamos este tipo de ciencia ficción. Si la ciencia ficción hard consiste en imaginar nuevas tecnologías y sus posibles aplicaciones, tendríamos que decir que “La edad del vuelo” es un éxito incuestionable. Este tipo de afirmaciones siempre resultan peligrosas, porque es imposible leérselo todo, pero nunca hasta ahora, ya sea con implantes de alas, con antigravedad o recurriendo a la magia, había visto descrito de un modo tan convincente la experiencia de volar como en el capítulo 1 de esta novelita de apenas 160 páginas.

Alberto Moreno Pérez hace un gran trabajo a la hora de desarrollar las consecuencias de esta tecnología, en particular, su uso deportivo. Realmente, si fuera posible, ¿no sería precisamente esto en lo primero que se emplearía? Tira del hilo de la idea, tejiendo el resto de las consecuencias lógicas, los tipos de competición, las estrategias, la necesidad de patrocinadores, publicidad y todas esas cosas. Se nota que ha habido un concienzudo trabajo de investigación y documentación para hacer creíbles todos los ambientes en que transcurre la acción, ya sean en nuestra atmósfera superior o en otros planetas. El escenario ha sido preparado de un modo excelente.

Tal vez incluso demasiado bien. Porque el capítulo 1 al que me referí antes, personalmente lo encontré fascinante, pero la acción no avanza durante cerca de siete páginas y tampoco pasa mucho en el resto. El capítulo 3 me resultó tenso y emocionante, pero también farragoso. Cuando el autor habla de meteorología no le entiendo muy bien, o no sabe explicarse, depende del punto de visto. En este y en otros capítulos, me han resultado arduos algunos fragmentos sobre trayectorias o conceptos como “resistencia elástica de la turbulencia laminar”.

Aunque no llega a los excesos de los autores de space opera británicos, en la segunda parte de la novela, se describen con demasiado detalle lugares o edificios que no van a volver a salir, o que no tienen demasiada importancia, otra vez exceso de caracterización de los ambientes. ¿Y en cuanto a los personajes? Pues mayormente bien. Básicamente hay dos: Roberto Van-Merr y su hijo Víctor. El punto de vista mayoritario es el de Roberto, pero aún así, Moreno Pérez tira por el camino difícil, y en vez de recurrir a excesos de introspección, deja que sus personajes se definan por sus actos y sus palabras. Nada que objetar, es más, es como me gusta que se hagan las cosas y es difícil, por que hay que ser sutil y mostrar las cosas en vez de explicarlas.

A Víctor sólo le conocemos a través de su padre. Su modo de ser, como habla y se comprota me resulta creíble. A Roberto le conocemos mejor, como ya dije toda la novela transcurre desde su punto de vista. Puede resultar algo plano, puesto que su personalidad se resume en su obsesión por el vuelo, dejando aparte todo lo demás. Aceptamos dicha obsesión como un hecho, pero no llegamos a entender los porques: ¿Por qué está tan obsesionado? ¿Por qué le resulta tan maravilloso? ¿Por qué renunció tan abruptamente a su vida anterior? Falta, quizá, una mayor conexión emocional con el personaje, que permita comprenderle mejor, aunque eso no signifique disculpar sus defectos. Alberto Moreno opta también por evitar el sentimentalismo, cosa que no puedo aplaudirle más. Me hecho a temblar al imaginar lo que podría ser una adaptación al cine americano de la historia, con Víctor echándole en cara a Roberto que nunca estaba cuando le necesitaba y se perdía todos sus partidos de baseball. ¡Hurg!

El final carece de la emoción que debería y resulta previsible, aunque esto último no me parece ningún defecto. Es un final coherente con la personalidad de Roberto, preferible mil veces a una sorpresa que no encaje con su modo de ser. Para sorpresas, las del epílogo. Tal vez alguna de ellas se merecía un mayor desarrollo. Si el tema de las volutas me resulta fascinantes, las referencias a “una organización sacramental: influencia y secretismo, logias, clanes” y “emigrar y colonizar un entorno no sólo virgen, sino excluyente” me resultan de lo mas intrigantes.

En fin, el mayor problema que le veo, es que, aun siendo un texto de extensión corta, pasan muy pocas cosas. La historia, aunque atractiva, es demasiado sencilla, demasiado previsible y, a pesar de su brevedad, le sobran unas cuantas páginas, explicaciones de más y descripciones de más. Con todo, tiene suficientes elementos de interés para resultar una lectura aprovechable y apuntar a Alberto Moreno Pérez en la lista de autores a los que conviene tener en cuenta en el futuro.