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No creo en la crítica objetiva. Sólo conozco una o dos personas a las que le interesan mis opiniones. y a veces creo que lo hacen por cortesia.

miércoles, 30 de julio de 2014

Oophhsss


 

Se ha producido la siguiente rectificación en la candidatura a los Ignotus:

Se ha detectado que la obra “La edad del vuelo” de Alberto Moreno Pérez (Espiral Ciencia Ficción nº 53) tiene 45.000 palabras, por lo que no puede ser incluida en la categoría de “Novela Corta”, que tiene como máximo 40.000 palabras, a pesar de que casi todos los votos recibidos por la obra lo fueron como “Novela corta”. Al pasar “La edad del vuelo” a “Novela”, la obra se queda a un voto de ser incluida entre los finalistas, por lo que debe ser excluida de la lista.

Puñetas de cuenta palabras. Algún criterio hay que usar y no se me ocurre ninguno mejor, pero mira que me fastidiría quedarme fuera por superar en un 15% el tamaño excedido. En fin, que le vamos a hacer, las reglas son las reglas. Mi pésame para Alberto Moreno Pérez.


jueves, 17 de julio de 2014

Nominaciones a los ignotus

Esto ya empieza a sonar a cachondeo, pero dado el seguimiento que he acabado realizando de lo relativo con el número 53 de Espiral CF, no me queda menos que anunciar que dicho volumen está nominado a dos premios Ignotus. En concreto se trata de


La edad del vuelo, de Alberto Moreno Pérez (Zaibatsu / La edad del vuelo. Juan José Aroz, Espiral CF), nominada en la categoría de Novela Corta

y de la cubierta de la cubierta obra de de Koldo Campo, en la categoría de Ilustración.

¡Buena suerte a ambos!

viernes, 11 de julio de 2014

"Kraken" de China Miéville


            Un año mas vuelvo a retrasar la lectura de “La estación de la calle Perdido” ante la aparición de una nueva novela de China Mieville. Si tuviera que definir “Kraken” con una palabra, creo que esta sería: “Desconcertante”. Como a menudo es habitual en este autor, el argumento resiste cualquier tipo de explicación. Todo empieza cuando un gigantesco ejemplar de calamar disecado desaparece de un museo de Londres, este hecho será la proverbial piedra que provoca una avalancha de dimensiones apocalípticas, que arrastrará a uno de los conservadores del museo a sumergirse en la cara oculta de Londres, ensombrecida por la certeza profetizada del inminente fin del mundo. Allí se encontrará con cultos extraños, magia, seres sobrenaturales… ese tipo de cosas.

            Repetiré por enésima vez la eterna gracia que todo lector de China Mieville habrá hecho alguna vez. “No sé que fuma este tío, pero, por amor de Dios ¡Que reparta!”. El torrente de creatividad que se derrama por sus páginas es, aparentemente infinito. La obra es una colección de extravagancias puestas una a continuación de otra a cual mas inverosímil y llamativa. Los combates y las huidas desesperadas se suceden sin dar tregua al lector.  El sentido de maravilla no es que brille, es que deslumbra. Puede incluso llegar a aturdir. No hay idea demasiado absurda como para que no pueda ser explotada, no hay giro de la trama demasiado rebuscado como para que no sea empleado. Bienvenidos a la mente de China Mieville. Todo es posible en este enloquecido lugar.

            En fin, hasta aquí todo estupendo, pero no se le pueden negar algunos peros. La novela tarda demasiado en arrancar, durante el primer tercio, no hay sensación de que la acción progrese, simplemente parece que el autor va añadiendo a la coctelera todas las ideas que se le ocurren. Algunas de las estrategias que emplean los protagonistas, o los trucos de magia que se sacan de la manga, son curiosos, llamativos y amenos de leer, pero no parecen aportar nada a la historia. Sus vagabundeos por Londres se hacer un poco largos. Por cierto, algún día alguien debería estudiar porqué Londres parece despertar ese fervor casi religioso en tantos escritores de la zona. Cuando finalmente la cosa se anima, bien, hace algunos años habría dicho que se anima de verdad. Que hay que ver como se anima la trama cuando se anima o alguna cosa parecida. Ahora en cambio, ya no se que decir. Tal vez se deba a que ya he leído muchos libros de Mieville, o simplemente a que he leído muchos libros, el largo clímax final no me ha resultado tan apasionante como debiera, aunque si que me ha resultado muy entretenido.

            El lenguaje tampoco facilita las cosas. Mieville tiene un estilo tan peculiar como las ideas que rondan por su cabeza. A veces decididamente brillante, a veces difícil de entender, intencionadamente confuso, según dicen. Ignoro si se debe a una traducción demasiado literal, o si son defectos de fábrica, pero a menudo me he encontrado con párrafos en los que los signos de puntuación parecían haber sido utilizados incorrectamente.

            Los personajes principales tampoco son nada del otro mundo, aunque los secundarios son extraordinarios, y no conviene que revele demasiado de ellos, porque conocerlos es el mayor placer de la obra. Sólo por haber ideado a Wati, Mieville se merece un lugar en el olimpo de los escritores de la literatura fantástica. Simon y Jason son otro par de genialidades, de menor importancia.

            No deja de ser un paso atrás con respecto a “Ciudad embajada” (a pesar de sus defectos), y “La ciudad y la ciudad”. En esas obras Mieville se había revelado como un autor capaz de reinventarse a si mismo, que ponía su portentosa imaginación al servicio de una historia, o quizá un concepto una idea, que desarrollaba a sus últimas consecuencias. Su creatividad al servicio de lo narrado, que diríamos, mientras que en “Kraken”, la narración se pone al servicio de su creatividad. Con todo, no puedo negar que he disfrutado mucho desconectando el cerebro y leyendo qué locuras se le ocurren a este inglés chiflado.