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No creo en la crítica objetiva. Sólo conozco una o dos personas a las que le interesan mis opiniones. y a veces creo que lo hacen por cortesia.

viernes, 30 de enero de 2015

“Nómadas” de Robert C. Wilson



Nómadas es la historia de tres hermanos, Karen, Laura y Tim, nacidos con el poder de viajar entre universos paralelos. Oprimidos y maltratados por su padre, que consideraba que su don era terriblemente peligroso, Tim acabó separándose de la familia y Karen dejó de practicarlo y se obsesionó con llevar una vida normal. Cuando el hijo de Karen, Michael, empieza a demostrar poseer los mismos poderes y a sufrir la persecución de un misterioso “hombre gris” que ya les acechó durante su infancia, Karen y Laura se embarcan en una búsqueda para descubrir el origen de sus poderes que se remonta a su mismo nacimiento.

El punto fuerte de Wilson siempre han sido los personajes, aunque a veces estén cortados por el patrón de los tópicos de las películas para televisión. Esta novela no es una excepción, el padre dominante y maltratador cuya sombra siempre está presente sobre sus hijos, el ama de casa de mediana edad, con hijo adolescente, que intenta recomponer su vida después de que su marido la abandone por una mujer mas joven… Hay mucho de tópico en ello. Afortunadamente, Robert C. Wilson consigue elevarse sobre estos clichés y otorgar a sus criaturas suficiente personalidad como para que el lector simpatice con ellos y se involucre en sus penurias. Por el contrario, el personaje de Laura, hija rebelde y antigua hippy no parece encajar en ningún molde, y a través de él autor se permite una breve desmitificación de los años sesenta, no exenta de nostalgia.

Las cosas son distintas con los malos de la película. La historia de la familia White a menudo es interrumpida por breves capítulos que transcurren en el mundo de los villanos. Dichos capítulos no son muy largos y nos permiten comprender mejor lo que traman, además de describirnos su mundo. Considero que son un error. Wilson ha cometido la equivocación de tomar por tonto al lector y considerar que debe explicárselo todo. Con ello gana en claridad, pero pierde en intriga. Es bien sabido que nada aterra más que lo desconocido. La historia hubiera sido mucho más impactante si el lector hubiera desconocido de antemano las intenciones de los villanos, y las hubiera descubierto al mismo tiempo que los protagonistas.

Al final, lo único que ganamos es la descripción de un mundo paralelo y esa misma descripción entorpece los acontecimientos de esos interludios. Creo que Wilson estaba demasiado enamorado de ese universo que había creado en su cabeza, y no pudo resistir la tentación de compartirlo con sus lectores, un mal muy común entre los escritores de literatura fantástica y de ciencia ficción en particular, a fin de cuentas, probablemente fue ese mal el que les llevó a escribir.

¿Qué como es ese mundo? Ultra religioso. He leído comentarios que lo emparientan con el de “Mysterium”. No estoy seguro, a mi me parecen universos diferentes y el tema de los fanatismos religiosos es otra constante de Wilson. Hay referencias que parecen chistes personales o pistas que indican las divergencias temporales pero que no he tenido fuerzas para intentar seguir.

La novela se lee muy bien. Está escrita con la solvencia y la habilidad narrativa que cabe esperar de Robert Charles Wilson. Es emocionante y tiene un buen sentido del ritmo. La conclusión resulta un tanto precipitada, y no muy original, en el fondo recuerda, entre otras cosas, a los tebeos de súper-héroes y a los animés: “¡Usa la fuerza, Luke!”, me dieron ganas de exclamar No se puede decir que sea muy original, pero está bien hilada, igual que las reflexiones sobre la maternidad, la adolescencia, el paso de la culpa a través de las generaciones, la imaginación o la realización personal, y no es poco mérito suscitar tantas reflexiones en tan pocas páginas.

No es una gran novela, pero es una buena novela, que merece la pena leer. Mejor que “Mysterium”, peor que “Testigos de las estrellas” y claro, peor que “Spin”, pero es que hay obras difícilmente superables.

viernes, 23 de enero de 2015

“Salambó” de Gustave Flaubert

Siento un gran respeto por los clásicos, cuando una obra deja su impronta en el tiempo, suele ser por algo. Cuando me he aventurado con los clásicos, la experiencia ha resultado gratificante. Dicho esto, nunca se me habría ocurrido probar a Flaubert, porque su obra mas famosa es “Madame Bovary” y, por lo poco que sé de ella, me suena que es la historia de la mujer de un médico que se entrega al adulterio por culpa de sus fantasías románticas, lo que, aunque puede estar muy bien contado, no me atrae lo más mínimo.

La culpa de que acabara leyendo esta novela la tiene León Arsenal, quien la ha mencionado en varias entrevistas y ha llegado a postularla como la fuente de inspiración de Robert E. Howard para el propio Conan. Como no sea por el enfrentamiento entre salvajismo y civilización, no estoy de acuerdo con ello, e incluso ese salvajismo y esa civilización son relativos, entre los bárbaros mercenarios hay espartanos, galos y gentes de culturas avanzadas para la época y los cartagineses de la historia son capaces a su vez de comportarse con la mayor de las brutalidades. De todos modos, he re reconocerle a Leon Arsenal que le debo una, y gorda.

Una vez más, la experiencia me ha resultado de lo más satisfactoria. Ahora bien, empecemos por lo pero, no puede decirse que el libro sea un plato para todos los gustos. Es una novela eminentemente descriptiva. Flaubert se arroja con un entusiasmo desmedido a la hora de describir la cultura cartaginesa, entrando en todo tipo de detalles sobre la construcción de las casas y palacios de la ciudad, el vestuario de sus habitantes y sus joyas. Es increíble la variedad de estas que usan comúnmente sus protagonistas. En estas descripciones Flaubert demuestra un dominio del lenguaje que le confirman como un maestro de su oficio, leerle en español es arrebatador, me hace desear entender el francés para poder leerle en su idioma original. No sé hasta que punto se mantendrá el rigor histórico, o si todo será fruto de la imaginación de Flaubert, pero esta reconstrucción de la época es uno de los mayores atractivos de la novela, te sumerge en otro mundo de una manera prodigiosa. Podría decirse que estamos ante una obra maestra del exotismo. Pero puede resultar fatigosa.

Más de un lector, incluido yo mismo, empieza a cansarse y a perder el hilo cuando una descripción se extiende durante un par de páginas. En esta novela hay descripciones, descripciones y descripciones. El que se embarque en su lectura no se arrepentirá, pero más vale que esté avisado de donde se mete. En ocasiones, además, los vestidos o las construcciones son tan raros que se me hace difícil imaginarlos. He buscado información gráfica por la red, pero no he encontrado nada útil. Existe un peplun que intenta algo parecido a adaptar la novela, bien intencionado, pero atroz y Druillet hizo una adaptación al cómic, o metió a Lone Sloane en medio de la historia, no puedo asegurarlo.

En mi caso las vicisitudes cotidianas de la vida moderna me jugaron varias malas pasadas. Un par de veces me ocurrió que el rato que tuve libre para leer, me duró lo suficiente para leer la descripción del lugar donde tenía lugar una escena, pero no la propia escena y cuando pude reemprender la lectura, ya se me había olvidado lo descrito.

Si tuviera que ponerle otro pero, me quejaría de que no es consciente de manera clara del paso del tiempo en el relato. Se supone, se dice al final, que la novela transcurre a lo largo de tres años. Las cosas que ocurren tienen que llevar tiempo, a muchos asedios, grandes movimientos de tropas, poblaciones que se alzan en armas, de desplazan al frente vuelven atrás, etc.… pero nunca se nos da una idea clara del tiempo que se emplea en todo esto.

Y ya para terminar, aunque esto no es responsabilidad de Flaubert, a la edición de Alianza Editorial le habría sentado bien un mapa, sino conoces la zona, es imposible entender las múltiples vueltas y revueltas de los ejércitos.

El argumento narra la guerra de los mercenarios, los ejércitos de mercenarios que han servido a Cartago en varias guerras, acampados cerca de la ciudad, se rebelan contra sus patrones cuando estos no terminan de pagarles. Varios de los personajes se obsesionan con la Salambó del título, la hija de uno de los nobles más importantes de Cartago y sacerdotisa de Tanith. Los que se esperen una novela romántica, se llevaran una grave decepción. Los pasajes relativos a operaciones militares son mas extensos que los amorosos, en realidad Salambó y Matho solo se encuentran dos veces, tres si contamos el final y la escena en la tienda de Matho es de lo más casta, aunque ahí uno no deja de pensar si habrá que leer entre líneas y Flaubert no estaría engañando a la sociedad de la época. No tenía ese problema con la violencia.

La novela no es un plato apto para estómagos delicados, está llena de alucinantes carnicerías. Hay muchas batallas, y son auténticos baños de sangre, se describen detalladamente los suplicios que sufren los vencidos, hay episodios de canibalismo. Incluso hay sacrificios humanos ¡de niños!, Flaubert no cae en el error de imponer los valores de su propia época a sus personajes. Estos son hijos del tiempo que les ha tocado vivir. Magníficamente descritos con sutiles pinceladas, son apasionados, violentes, crueles y despiadados y no tienen constancia de que lo son. El autor se limita a relatar su comportamiento sin juzgarlos jamás.

La propia Salambó, aunque da título a la novela, tiene poca importancia en la misma. Es una sacerdotisa virginal que ha sublimado su sexualidad hacia la diosa a la que rinde culto, por lo que no es capaz de entender las reacciones de los hombres que tiene alrededor. La pasión de Matho, uno de los jefes mercenarios por ella, por el contrario, es puramente sexual, puesto que nunca llega a conocer su personalidad y tampoco es ajena a aspectos religiosos. A Expendius le mueve la venganza, a todos la codicia y a muchos la sed de poder. Todos ellos se fundirán en un sangriento crisol de pasiones bárbaras y violentas, con final trágico.

Una obra inolvidable

lunes, 12 de enero de 2015

"Planet of juddgment" de Joe Haldeman

“Planet of Judgment” de Joe Haldeman

Siendo un aficionado a las diversas series de Star Trek y un fan de Joe Haldeman, siempre he sentido curiosidad por las dos novelas que escribió de este universo. Finalmente, he decidido echarle un par y leerme una de ellas, en inglés por supuesto. Esta experiencia no ha carecido de sinsabores. He descubierto que el jefe de ingenieros, Scott, debía de hablar en la serie con acento escocés y que NO SE ENTIENDE UNA MIERDA DE SUS DIÁLOGOS.

Vayamos al grano, la cosa va de que la tripulación del Enterprise encuentra un planeta vagabundo, que no pertenece a ningún sistema solar (rogue planet en el original), obviamente artificial, entre otras cosas porque un diminuto agujero negro gira a su alrededor haciendo de sol. Hasta aquí todo me recuerda una memorable aventura de Flash Gordon, que si no guionizó Harry Harrison, era un homenaje a él. Cuando descienden a investigar se encuentran con que la tecnología, las leyes de la física en realidad, ya no parecen funcionar correctamente. Han quedado varados en el mismo.

Entonces entran en acción los creadores del “rogue planet” y esto se convierte en una de esas historias de “pruebas”. Kirk, Spock y McCoy en manos de unos alienígenas super poderosos, indistinguibles de dioses e igual de veleidosos, sometidos a extraños experimentos y con el destino de la humanidad en juego.

Si lo que uno esperaba era una historia de Star Trek escrita al estilo de Joe Haldeman, la novela  no puede ser más decepcionante. Hay cosillas aquí y allá que recuerdan a la obra del escritor. Él mismo ha recurrido a la figura de las inteligencias omniscientes e insensibles en la tercera parte de “Mundos”, en la innecesaria y más bien decepcionante “Forever Free” y puede que incluso en “Puente mental”. También hay indicios de su pesimista visión de la vida en algunos flashbacks de Spock y McCoy, en los que si hay algunas evidencias de su estilo, y, sobre todo, en los textos en los que describe los pensamientos en estado de duerme vela de Kirk y McCoy, y paren de contar.

Bien, una novela de estas características se puede hacer por dos razones, por encargo o por cariño a la serie original. Ignoro cual de las dos razones habrá sido, pero desde luego, Haldeman no ha intentado darle ningún toque personal. Uno se lo disculparía si por lo menos fuera entretenida y divertida. Lo es, pero no acabo de perdonárselo. Por dos motivos.

Uno, nada más empezar, introduce a tres personajes, involucrados en una especie de triángulo amoroso. No es que emplee mucho tiempo para hacerlo, pero lo hace. Estos tres personajes están presentes en todo el relato, se habla bastante de ellos, da la sensación de que van a ser importantes, y no pintan ABSOLUTAMENTE NADA. Al final toda la trama se centra en los tres mosqueteros Kirk-Spock-McCoy. ¿Para que tanto rollo en torno a esos personajes entonces? No puedo menos que considerarlo una muestra de impericia narrativa indigna de un escritor profesional.

Luego y esto es mas personal, está el tema de que los capítulos de “pruebas” no son santo de mi devoción. La primera vez que ves uno, pueden gustarte mucho, pero a la larga, se han vuelto repetitivos y lo que es peor, los poderes divinos de los alienígenas se convierten en una excusa para meter a los protagonistas en las situaciones más desquiciadas y absurdas, sin tener que preocuparse de justificarlo o de la propia coherencia de la historia.

Hombre tampoco se pueden pedir peras al olmo, dirán algunos. ¿Qué esperabas de este tipo de novelas? No espero que intenten hacer arte, espero pasar un buen rato. Hay algunas situaciones excelentes, Kirk intentando defender la cordura de su tripulación, Spock intentando convencer a McCoy de que se empareje con la enfermera enamoradita de él, esto último genial, pero nada tiene demasiado sentido, da la sensación de que Haldeman se fuera inventado la historia sobre la marcha, escribiendo lo primero que se le ocurría. Y lo del inútil triángulo amoroso, imperdonable.

domingo, 11 de enero de 2015

Rememorando Babylon 5




Desde hace mucho tiempo, probablemente años, he deseado poder verme Babilón 5 de un tirón, al menos las cuatro primeras temporadas. Sin perderme ningún capítulo y con una calidad de imagen aceptable. El motivo es obvio, su paso por televisión española fue tan caótico que no hubo modo de seguirla en condiciones. Unas semanas se emitía sábados y domingos, otras sólo sábados, los horarios cambiaban semanalmente. De repente empezaron a darla de madrugada (y era jodido programar el video, cuando no tenías la programación de día siguiente en el periódico, único medio de información del que disponía por aquel entonces). Mi video se estropeaba cada dos por tres. A veces grababa, a veces no, nunca con gran calidad. En ocasiones la pantalla se quedaba completamente negra, sin ninguna explicación. La primera temporada se acabó y empezaron a repetirla. Lo dejé, y de repente descubrí que estaba la segunda. Cuando quise volver a poner el video, la serie tenía un protagonista nuevo y no había ninguna explicación. Un infierno.

La tercera conseguí verla mejor, perdiéndome algún capítulo porque estaba de veraneo. La cuarte nunca fue emitida. Frustrante, sobre todo cuando lo mejor que tenía esta serie, era que enganchaba.

Así que finalmente me he dado el gustazo, tirando de internet (únicamente la primera temporada ha salido a la venta en DVD). Estas son mis impresiones, aunque ya adelanto que nunca es buena idea intentar revivir el pasado.

Si están leyendo esto imagino que saben de qué va la serie, una estación espacial que es una especie de edificio de las naciones unidades galácticas flotante. La serie fue de lo más innovador en su momento por varios motivos. Uno es que fue la primera vez que los efectos especiales se hicieron íntegramente por ordenador. Según oí en un programa de radio (Fallo de sistema) la potencia combinada de los ordenadores que se utilizaron para los efectos especiales era inferior a la de un smart phone. Muchos consideran que son los efectos especiales lo que peor ha envejecido. No estoy de acuerdo. Para lo que estaba establecido en la industria televisiva de la época, son tremendamente atrevidos. Si el guión lo requería, sus responsables no dudaban en gastarse los cuartos en imágenes que sólo podrían usarse una vez, y el guionista principal no se cortaba a la hora de describir escenas espectaculares. Los efectos están lejos de la perfección que han alcanzado hoy día, pero a mí me resultan bonitos. Es como los muñecos de plastilina de Ray Harryhausen. No parecen de verdad, pero tienen su gracia. Los juegos de luces y sombras, los movimientos de las naves espaciales, el modo en que estas explotan, muchas veces resultan todavía visualmente atractivos, aunque carezcan de espectacularidad.

En mi recuerdo siempre permanecerá la imagen que aparecía en la apertura de una de las temporadas, de un caza cambiando de dirección haciendo que los motores de la izquierda funcionaran a distinta potencia que los de la derecha. (Inciso: para lo que se estila en la televisión, los aspectos científicos, al menos los movimientos de las naves espaciales, son sorprendentemente creíbles. Es decir, muy poco.)

No, el problema no son los efectos especiales.


Otro de los motivos por los que resulto muy innovadora, fue porque introdujo el arco narrativo en las series de temática fantástica. Hasta aquel momento lo que se había estilado habían sido siempre los capítulos auto conclusivos, siguiendo el modelo de “Star Trek”, serie por la que está muy influida. “Babylon 5” supuso un punto de inflexión, a partir de ese momento los arcos narrativos empezaron a pulular por la televisión, con mayor o menor fortuna, siendo el caso mas destacado el de “Battlestar Galactica”, serie que a su vez debe mucho a “Babylón 5” y cuyo final ha servido para revalorizarla. Es increíble la de gente que después de ver el final de “BattleStar Galactica” comprendieron lo buena serie que era “Babylón 5”.

Babylón 5” tiene dos tramas principales, la que podríamos llamar política, que narra como los mundos ocupados por la humanidad se convierten en un estado totalitario y la trama en plan “Señor de los anillos”, en la que una sombra renacida se cierne sobre la galaxia y únicamente una alianza entre múltiples razas será capaz de enfrentarla.

Allí empieza el primer problema. Durante la primera temporada, se plantan esas dos tramas y numerosos sub-argumentos, siendo el nexo de unión una intriga acerca de lo que le ocurrió al comandante Sinclair (interpretado por Michael O’Hare) durante la batalla de la línea, que no recuerda. Los argumentos no empiezan a desarrollarse todavía, eso lo dejan para la segunda temporada, sólo se plantan y lo primero que descubres en la segunda temporada es que el personaje de Michael O’Hare ha desaparecido, junto con, aparentemente, cualquier posibilidad de saber que le ocurría y porqué era tan importante. Primer chasco.

No es tan malo como parece. La verdad es que el espectador sale ganando, el pobre Michael O’Hare lo hizo fatal durante toda la temporada. Cuando ví por primera vez a Bruce Boxleitner me escandalicé, pensando que le habían sustituido por un guapito que quedara bien en las fotos, pero la verdad es que, contra toda previsión, Bruce Boxleitner conseguirá hacer suyo el personaje de Jim Sheridan, aportando esa curiosa mezcla de entusiasmo adolescente e implacabilidad que le caracterizan, de tal modo que se hará insustituible y su actuación llegará a ser uno de los alicientes del show. Por su parte el productor ejecutivo, creador y principal guionista Joe Michael Straczynski (a quien a partir de ahora sólo me referiré como JMS), conseguirá, mediante auténtico encaje de bolillos, hacer que esta desaparición sea parte de la historia y con el tiempo, oportuna reaparición de Michael O’Hare mediante en la tercera temporada, explicarlo todo sobre su personaje, pero eso todavía no lo sabemos.

O sea que en la primera temporada se plantan los argumentos. En la segunda se empiezan a desarrollan. La tercera es el clímax, la cuarta la conclusión y la quinta … Relleno. No estaba previsto rodar una quinta temporada, se hizo por el éxito que había tenido la cuarta. JMS había acabado su historia, declararía posteriormente que de haber sabido que iba a haber una quinta, habría desarrollado el argumento de modo distinto. En la quinta, se nos cuenta bastante de lo que fue de las vidas de los personajes una vez acabado todo el follón y se empiezan dos nuevas líneas argumentales, que quedarán gloriosamente inconclusas.

Bueno, la trama centauri fue terminada por Peter David en su trilogía “Legions of fire” pero eso es otra historia que deberá ser contada en otra ocasión.

¿Entienden mis problemas para recomendar esta serie a la gente? Si, es una serie muy buena. Eso sí, de cinco temporadas que tiene, en dos de ellas, la primera y la última prácticamente no pasa nada. Y la última deja cabos sueltos.

El principal valor de la serie y su principal problema es JMS. En la primera temporada debe escribir como la mitad de los capítulos. En la segunda, dos tercios. En la tercera y cuarta los escribe todos y en la quinta, todos, menos uno que escribió Neil Gaiman. Creo que tiene el record de capítulos de una misma serie escritos por un mismo guionista. Él es el auténtico alma de esta serie, el que consiguió levantar el proyecto.

La verdad es que en la primera temporada prefería los capítulos de otros guionistas. Tenían más ritmo, los diálogos eran mejores y terminaban. Los de JMS, en cambio, trataban de temas muy misteriosos que nunca se resolvían y los clímax no conseguían emocionarme. JMS se va puliendo a lo largo de la serie. Al principio todavía estaba un poco verde. Tira mucho del recurso del “monstruo de la semana” para rellenar la mayor parte del metraje de un capítulo, mientras lo interesante ocurre entre bambalinas, pero se le notan los trucos, lo que produce el desapego del espectador. ¿Para que demonios voy a seguir las persecuciones de los guardias de seguridad por los pasillos, cuando se nota que lo único importante del capítulo es la negociación que está teniendo lugar en el zoco? Además, con sus líneas de diálogo obliga constantemente a los personajes invitados con poderes a hacer alardes de histrionismo ridículo. Estos defectos los irá puliendo con el tiempo, sobre todo porque, a medida que avanza la serie, todos los momentos empiezan a ser importantes, pero hay algunos de los que jamás se librará.

Los diálogos, fundamentalmente. A JMS los diálogos nunca le quedarán naturales. Siempre suenan forzados, cuando dos personajes se encuentran no intercambian frases, sino monólogos. Cualquier excusa es buena para que un personaje empiece a relatarnos su pasado, su filosofía personal, o cualquiera anécdota que cruce por su cabeza, mientras el que tiene enfrente permanece respetuosamente callado, con una sonrisa boba en el rostro, sin plantearse jamás interrumpirle.

Ojo, que en ocasiones estos monólogos están muy bien escritos, pero nunca son creíbles y demasiado a menudo están jalonados por parlamentos presuntamente poéticos, que algún amigo debió decirle a JMS que evitara, cuando no por patéticos subrayados que toman al espectador por tonto (Sinclair murmurando “no permitiré que ocurra”, después de ver una transmisión del futuro de la estación siendo destruida). Además, los momentos de humor son patéticos. En versión original, los diálogos mejoran bastante, pero no se salvan. El doblaje, por cierto, es peculiar. Ignoro quien es el actor de doblaje que interpreta a G’kar. No me parece que lo haga mal, pero compararlo con la impecable y educada dicción de Andreas Katsulas es como poco, chocante. Y no hablemos del acento agudo e insoportable que le ponen a Peter Jurasic.

Hay un exceso de teatralidad a lo largo de toda la serie. En algunos momentos memorables, teatro de altura, pero teatralidad en suma, como era habitual en la televisión de la época, contrastando con algunas resoluciones visuales inhabitúales, que, por lo metidas que están en la historia, parecen obra del propio JMS. Esta teatralidad lastra las escenas de peleas cuerpo a cuerpo, que también son patéticas, y estropea algunas escenas, en las que se requería un mayor grado de violencia, como las detenciones de G’kar o Sheridan.

Los personajes de la serie tienen personalidades muy marcadas, muy subrayadas incluso, y evolucionan a lo largo de la serie, llegando a ser personas completamente distintas al final. Esta evolución es lógica y plausible, lo que es bueno, pero se plasma con mayor o menor fortuna. Tomemos como ejemplo la historia de amor entre el comandante Sheridan y la embajadora Nimbari. En un sentido es modélica, él se siente fascinado por ella desde la primera vez que se ven, se van acercando progresivamente, empiezan a simpatizar, a admirarse y confiar el uno en otro, tienen un par de citas y finalmente se declaran su amor. Muy bien, todo muy lógico, pero muy artificial. Aunque todo es correcto, incluidas las interpretaciones, no hay auténtico “alma” en esa relación. Todas sus escenas parecen trazadas con tiralíneas, carentes de espontaneidad. Aunque no por culpa de los actores, no hay ni química ni tensión sexual entre los dos y si una cierta cursilería. Reconozco que las escenas de la parejita besándose o dándose arrumacos frente a un ventanal surcado de naves espaciales son bonitas, pero Sheridan llega a utilizar expresiones como “dulce rostro” o “tus caricias”, que parecen más propias de unas cortes del amor de la edad media que de un militar de carrera del futuro.

Probablemente la serie peque de un exceso de planificación. Si bien las tramas se desarrollan bien, probablemente podrían haberse hecho en la mitad de tiempo.

Tenemos que tener en cuanta que acaban de cumplirse veinte años desde el estreno de la serie. En ese tiempo, la evolución que ha sufrido la ficción catódica ha sido inusitada. Los guiones y la realización han alcanzado cotas de calidad nunca vistas. La duración de las temporadas se ha reducido en muchos casos de veintitantos capítulos por año a diez o doce, más trabajados y sin episodios de relleno. Por el contrario, en aquella época lo que se estilaba era rodar a toda pastilla despreocupándose completamente de las formas. Los lugares comunes no se evitaban, el espectador de la época los esperaba y los tenía asumidos como inevitables. “Babylon 5” tuvo un papel mayor de lo que se cree en superar aquella época, pero aún no se había superado. Si el espejo en el que se miraba inicialmente eran las series de “Star Trek” tipo “Next Generation”, podemos decir que “Star Trek” tenía un mejor nivel medio, pero que los mejores capítulos de “Babylon 5” eran mucho mejores que los mejores de “Star Trek”.

Estos defectos se hacen más visibles en un segundo visionado. Este me ha revelado, por ejemplo, que me perdí un buen montón de capítulos de la primera temporada, y que fui afortunado al hacerlo, porque en ninguno de esos episodios pasaba nada. Bueno, eso no es exactamente cierto. “Babylon 5” es una serie que premia la fidelidad del espectador. Cuantos más episodios se ven, más enganchado se encuentra uno y mejor se comprende. Incluso en los capítulos en los que aparentemente no pasa nada, se nos está aportando algo. Tal vez se profundiza en un personaje, se muestra un lugar que será importante mas adelante, se adelantan las tensiones entre las diferentes facciones de alienígenas, en suma, se suministran pequeñas piezas de información, que no justifican el visionado del capítulo, pero que permiten disfrutar más profundamente los siguientes. El espectador asiduo detectará multitud de estos detallitos que permanecen ocultos al espectador ocasional. Detallitos como que el miembro del cuerpo psíquico que aparecía en los recuerdos del terrorista a punto de morir es el que luego camina al lado de Alfred Bester en el episodio siguiente, cositas así. El caso más representativo, es el episodio en el que se nos narra el romance del embajador Londo Molari con una bailarina. Es probablemente el peor episodio de toda la serie, y debe ser como el tercero de la primera temporada, lo que no debió de ser bueno para consolidar audiencias. Sin embargo, ese episodio resultará fundamental para el devenir de la serie, allá por la tercera temporada. Ahí es nada.

La planificación tiene también sus cosas buenas. Muchas. Podríamos decir que JMS es el anti J.J. Abrams. Mientras que en las series de este productor, él y sus discípulos lo único que hacen es acumular detalles misteriosos sin preocuparse lo más mínimo de su explicación, en “Babylon 5” todo está planeado. Salvando los inevitables contratiempos provocados por los vaivenes de actores y productores, prácticamente todos los misterios son explicados y además, con una explicación a la altura de las expectativas creadas. No se dejan cabos sueltos, todos los personajes tienen su arco y su función, que cumplen plenamente hasta que alcanzan su destino.

Es en el manejo de las tramas donde JMS muestra su genio, cuando de repente las piezas dispersas a lo largo de varios episodios empiezan a encajar, cuando una situación que se ha ido deteriorando, explota, cuando todo se precipita, cuando se produce un giro inesperado, aunque por otro lado perfectamente lógico, que pilla por completo desprevenido al espectador, aunque no pueda dejar de murmurar, “ahora lo entiendo”. Lamentablemente, estos alicientes se pierden cuando se visiona la serie por segunda vez y es que, como ya dije, nunca es buena idea intentar revivir el pasado, sobre todo porque ya no eres la persona que fuiste en aquel entonces..

miércoles, 7 de enero de 2015

Grandes directores malos: Val Guest: hambre de espectáculo nunca satisfecha



Val Guest, por lo que he podido disfrutar de su filmografía, era un director de géneros. Nunca intento ir más allá, no procuraba dar a sus obras un toque personal, no tenía obsesiones propias y no montaba sus propios proyectos. Carecía por completo de pretensiones artísticas. Simplemente, era un profesional, y un profesional como la copa de un pino. Era el nombre que te habría gustado ver detrás de los aspirantes a taquillazas, esas grandes producciones sin más pretensión que el espectáculo y el éxito comercial que se estrenan a docenas en verano. Interpretaba con inteligencia las reglas del género al que pertenecía la película que estuviera rodando y lo hacía bien. Así, hizo cine bélico y lo hizo bien. Hizo serie negra y lo hizo bien. Hizo suspense psicológico y películas de espías y lo hizo bien. También hizo ciencia ficción, probablemente, si no lo hubiera hecho no estaría hablando de él. Su película más popular “El experimento del doctor Quatermass” está considerada un clásico y es de esas películas que generan fans.

Vale, puede ser que esté bastante olvidado y no sea muy conocido, pero, si es un tipo que hacia un trabajo intachable, dentro de las limitaciones que imponían las producciones en que trabaja, ¿Por qué estoy hablando de él? Pues en esta ocasión, por hambre de espectáculo. El estado larvario de la industria de los efectos especiales y los ajustados presupuestos de la factoría Hammer dieron al traste con varias escenas y casi películas de su filmografía. Hay hambre de espectáculo en la batalla final de “Quatermass 2”, en el clímax aéreo de “¿Dónde están los espías?” y, sobre todo, en los dinosaurios de plastilina de “Cuando los dinosaurios dominaban la tierra”. En todas ellas hay que afrontar que la industria no estaba capacitada para llevar a la gran pantalla las imágenes que surgían de su imaginación.

Si en cierto tipo de cine ahora parece que sobran efectos especiales y falta inteligencia, en el cine de Val Guest si había inteligencia, pero faltaban efectos especiales.

lunes, 5 de enero de 2015

“Otros días, otros ojos”. de Bob Shaw



Esta novela parte del descubrimiento del “vidrio lento” o “retardita”. Por lo que entiendo una especie de cristal que retarda el paso de la luz a través de él, en periodos que pueden variar entre unos pocos segundos y años enteros. En definitiva, una ventana que permite contemplar el pasado.

Tan aficionados como somos los amantes de la ciencia ficción a inventar etiquetas, es raro que entre tanto “space opera”, “hard”, “cyberpunk”, “ucronías” y “distopías” (¿Qué fue de la anti-utopías?), todavía no hayamos inventado una para referirnos a ese subgénero que narra todas las consecuencias que tienen sobre nuestro planeta y nuestras sociedades un descubrimiento o una invención, llevando la idea hasta sus últimas consecuencias. El día en que se patente ese subgénero, sin duda esta novela aparecerá como una de sus pioneras en las futuras listas a confeccionar.

No entraré en si esto es ciencia ficción o fantasía, puesto que toda la literatura es fantasía, especialmente las autobiografías de personajes públicos. El vidrio lento me parece considerablemente improbable, sus aplicaciones no, aunque me gustaría discutirlo con alguien con mayores conocimientos de óptica, su uso como cámaras no me convence, pero no controlo el tema, he visto imágenes de documentales rodadas con cámaras auténticamente diminutas, pero las cámaras hay que orientarlas y enfocarlas y su radio de alcance es limitado. Salvo por eso, el trabajo de Bob Shaw me parece sobresaliente, imaginando aplicaciones del vidrio lento, con algunos usos muy originales y otros decididamente perversos, muchos de los cuales han sido hechos realidad, o van camino de ello, por otras tecnologías más banales. Partiendo de esta idea tan sencilla, aunque fascinante, Bob Shaw hace un despliegue de imaginación portentoso, que contiene más sentido de maravilla que muchas e interminables sagas.

Por desgracia, aquí acaba lo bueno. No es que la novela esté mal escrita, sino que está mal estructurada, casi no tiene estructura de hecho. Shaw no acertó a decidir con brillantez cuales eran los hechos que quería contar, que pretendía contar con ellos y como enlazarlos unos con otros.

La novela es eso que llaman un fixup se ha confeccionado agrupando un conjunto de relatos relacionados, que se han insertado en una historia que sirve de nexo de unión a los mismos. Los relatos son buenos, o incluso muy buenos, originales, plantean dilemas éticos y preguntas interesantes y consiguen dotar de humanidad a sus esquemáticos personajes, trazados con pocas pero firmes líneas. No ocurre así con la historia que sirve de nexo de unión. Se me ocurren pocas cosas menos atractivas que las peripecias sentimentales del matrimonio Garrod. Ninguno de los dos cónyuges me ha resultado un personaje interesante, y no hablemos de la idealizada Jane Wason. Eso sí, no los he encontrado tópicos, ni a ellos ni a su enfermiza relación, pero tal vez sea porque no leo novelas románticas. En cambio el romance entre Garrod y Wason me resulta inverosímil. Como ya me percaté en “Periplo Nocturno” Bob Shaw parecía creer en el amor mutuo y correspondido, a primera vista. No es mi caso.

El final me resulta desconcertante, porque casi en el mismo párrafo, pasa de enfocar un cambio profundo que acaba de afectar inexorablemente a toda la humanidad como algo terrible, a algo positivo y deseable.

No hay mucho más que decir. La imaginación de Bob Shaw hizo un gran trabajo en esta novela, pero le falló la habilidad literaria. Aún así, tiene muchos aspectos salvables: es corta, amena, los relatos están muy bien y la trama principal, cuando se olvida de los problemas maritales de sus protagonistas, tiene sus momentos de brillantez.

Como curiosidad, terminaré reseñando que Stephen Baxter y el mismísimo Arthur Clarke perpetraron un plagio-homenaje reconocido de esta novela, titulado “Luz de otros días” que tuvieron el buen gusto de dedicarle a Bob Shaw. No lo he leído, pero se dice que es mejor que el original.