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No creo en la crítica objetiva. Sólo conozco una o dos personas a las que le interesan mis opiniones. y a veces creo que lo hacen por cortesia.

jueves, 30 de junio de 2016

“El trono vacante” de Bernard Cornwell


Enésima aventura de Uthred de Bebbamburg. En esta ocasión Bernard Cornwell se aleja brevemente de las peripecias bélicas que tan bien se le dan, para imaginar las circunstancias que pudieron llevar a Etelfleda a convertirse en la señora de Mercia después de la muerte de su marido.

Durante el breve periodo de intrigas cortesanas, Uthred despliega su irreverente sentido del humor, que tanto se echó en falta en la adaptación televisiva de sus primeras andanzas rodada por la BBC y NBC, pero no se preocupen los lectores, hay mas de una batalla en la novela, mas de dos y mas de tres y no falta la inevitable invasión vikinga, en esta ocasión procedente de Irlanda.

Lo mas sorprendente del libro, es que el prologo con el que comienza está narrada en primera persona por el hijo de Uthred, aunque luego éste no tarda en recuperar el protagonismo en el primer capítulo. ¿Estará pensando Bernard Cornwell en el relevo generacional?¿Se convertirá la saga de Uthred en la saga de los Uthreds? Es difícil decirlo, Uthred empieza a estar muy mayor para las hazañas que caben esperar de un guerrero medieval, pero diría que aún le queda mucha cuerda y muchos cuellos que cortar.

Aparte de eso, la novela contiene un viaje a Gales en el que Uthred conoce al rey Hywel Dda, que resulta un personaje atractivo y que hace algunas reflexiones muy interesantes sobre sus dos naciones.

Todo lo demás, es lo de siempre, un personaje muy carismático, galopando de un lado a otro, haciéndose enemigos constantemente y ganando todas las batallas en las que se mete, descritas con mucho verismo y emoción, aunque quizá con menos garra que en otras entregas.

Tan entretenida como repetitiva.



viernes, 24 de junio de 2016

“El tríptico de Dios” de Miquel Barceló y Pedro Jorge Romero




Guardo un recuerdo bastante bueno de “El otoño de las estrellas”, la anterior novela de estos mismos autores. La recuerdo como una novela corta, entretenida, que leí con agrado y que tenía un puñado de ideas buenas, aunque fallaba en un final que no estaba a la altura de las expectativas creadas y que reconozco que he olvidado por completo.

Tal vez conscientes de aquella limitación, Miquel Barceló y Pedro Jorge Romero optaron en esta ocasión por empezar por el final. “El tríptico de Dios” se compone de tres historias, cada una de las cuales transcurre antes que la anterior, unificadas por la presencia del demonio. Si, han leído ustedes bien, he escrito “el demonio” aunque él prefiere que le llamen “el adversario”, al menos en esta encarnación literaria. En la primera historia asistimos a una gran batalla espacial, en la que la flota de la iglesia católica intenta destruir un artefacto con el que el Adversario podría acabar con la humanidad, en la segunda asistimos a las dudas que suscitan en la curia la sustitución de un papa robótico por un humano de toda la vida, y en la tercera a una historia de pacto faústico que llevará a la destrucción de la Tierra.

El hecho de que la historia transcurra hacia atrás implica que no he escrito ningún spoiler.

Me resulta difícil clasificar este librito. La aparición del Adversario lo convertiría en una novela de fantasía, a pesar de sus toques de ciencia dura. Sus autores hablan de escribir la historia que les habría gustado leer y de que querían demostrar que en España se puede escribir la mejor “space opera”. Si esto último era su objetivo, me temo que han fracasado por completo. De la “space opera” uno espera escenarios grandiosos, toneladas de sentido de maravilla y emoción. La única de las historias que siquiera se aproxima a ello es la primera, y, aunque tiene algunas ideas buenas, le falta exotismo, espectacularidad y aliento épico. Aunque ya no soy un entendido, el mundo está lleno de mejores “space opera”

La segunda historia plantea algunos dilemas y reflexiones interesantes, pero fracasa en lo principal, contar algo. Planteamiento, nudo y desenlace brillan por su ausencia. Es un relato en el que, en el fondo, no pasa nada.

Y llegamos al final. Sería de esperar que el comienzo atase todos los cabos sueltos y que arrojara una nueva luz sobre los hechos anteriores, o posteriores, que lío, pero si es así, yo no lo veo, si bien reconozco que no soy muy brillante y las mas de las veces no entiendo nada de las novelas de Gene Wolfe. Aquí si ocurre algo, y es bastante entretenida, tiene uno o dos momentos muy buenos, aunque el clímax, que homenajea a los videojuegos o a las películas de terror, no estoy seguro, no acabe de funcionar y la apoteosis final-inicial, me deja frio.

Yo esperaba ver a los seres de supersimetría, que se mencionan una y otra vez pero nunca aparecen, o descubrir que el Adversario no era en realidad un ente sobrenatural ni un ángel caído, si no que tenía un origen físico y científico, pero lo mas que encuentro es alguna reflexión interesante sobre los mitos y la insinuación de que el protagonista de la tercera historia pueda haberse convertido en la voz que escuchaba el protagonista de la segunda y de la que no estoy nada seguro.

El Adversario siempre ha sido un personaje fascinante, y en este libro mantiene parte de su carisma y fascinación. El resto de los personajes son meros comparsas sin interés alguno. Sin ser ninguna maravilla, el libro está bastante bien escrito. No se mencionará en ningún manual de literatura, pero el estilo es ágil, nunca se hace farragoso, ni siquiera cuando trata de física avanzada o matemáticas. No hay redundancias, ni muletillas, no se subraya lo obvio ni se recurre a convencionalismos fáciles. Los diálogos son fluidos, la narración progresa a buen ritmo… se nota una voluntad por parte de los autores de hacer las cosas bien, tomándose el tiempo debido para repasar su labor. No me entiendan mal, nunca recomendaría esta obra exclusivamente por el placer estético que pueda derivarse de su lectura, pero su uso del lenguaje me ha parecido muy superior al de, por ejemplo, Angel Torres Quesada o José Antonio Suárez.

Su lectura, sin embargo, me ha sabido a poco. No sólo por su extensión, me lo leí yendo y viniendo del trabajo y tardé cuatro días, incompletos, sino porque no me ha aportado nada relevante y ya está empezando a desvanecerse de mis neuronas.

A los interesados, recomiendo que se abstengan de la versión impresa, la relación cantidad/precio es absurda y calidad/precio tampoco es muy allá. La versión electrónica, que es la mía, resulta mas ajustada.






viernes, 17 de junio de 2016

“Astronautas” de Stanislaw Lem




Ya lo tenia todo listo para leerme “La voz de su amo” cuando en un paseo por la biblioteca pública Pedro Salinas me encontré esta novela, recién publicada en España por primera vez, aunque el original sea de 1951 y cuya temática parecía mas adecuada a mis gustos.

El volumen se abre con un prefacio del editor original de la obra, en la que se cuentan las circunstancias y consecuencias de su escritura. En dicho prefacio Jerzy Jarzebski se disculpa una y otra vez por la supuesta propaganda socialista que contiene la novela, que en su día era estrictamente necesaria para su publicación. Tanta excusa resulta chocante, porque en realidad en “Astronautas” hay muy poca exaltación del socialismo: si transcurre en un futuro en el que el capitalismo ha sido dejado atrás, se critica el imperialismo y la moralina se enseñorea del desenlace, pero no hay paginas puramente doctrinarias, como las que si podían encontrarse en “Que difícil es ser Dios” de los hermanos Strugatski. Yo incluso las he echado en falta, pensaba dedicarles unas risas. Se diría que esas partes, aunque minúsculas, avergüenzan terriblemente a Jarzebski. 

A continuación viene un prologo del propio Lem, en el que él mismo escribe: “Confieso que me sorprendería que Astronautas pasara a ser una de las obras de referencia de mi bibliografía. Creo que si alguien echa mano de este libro dentro de otros veinte años no será para adentrarse en una atrevida visión del futuro, sino más bien para esbozar durante la lectura alguna sonrisa de la misma manera que lo hacemos nosotros cuando leemos las obras de Julio Verne.”

Bien, parece que estamos ante una obra menor, muy menor. El propio autor no nos da muchas esperanzas sobre el interés de “Astronautas”, pero cada lector debe forjarse su propia opinión. La novela transcurre a un ritmo muy pausado, lo que no pillará por sorpresa a los seguidores de su autor. El primer capítulo consiste prácticamente en un ensayo divulgativo sobre la catástrofe de Tunguska. La verdad es que me ha gustado mucho, hoy día Tunguska sigue siendo un misterio tan apasionante como en 1951 y es un buen modo de abrir el apetito del lector.

La cosa se empieza a animar cuando se descubren los restos de un pecio extraterrestre en la zona de la ya antigua catástrofe, aparentemente procedente de Venus y con registros que indican que los venusianos se disponen a aniquilar la vida en la Tierra. Se impone una expedición al planeta nublado . En los siguientes capítulos se describe exhaustivamente la nave en la que se realizará el viaje y el ordenador de a bordo. A Lem se le daban muy bien las descripciones y consigue que el lector no se aburra demasiado, pero son capítulos largos en los que no pasa nada. Sufro de cierta fascinación hacia las naves espaciales, así que la descripción del cohete no me importunó demasiado, pero el ordenador es un cachorro analógico cuyas futuras hazañas parecen bastante descabelladas.

Con esto hemos llegado a la página 129, donde empieza la narración del piloto del Cosmocrátor, que es como se llama la nave. Tal vez un poco extenso para un comienzo. El resto de la novela es la crónica de este viaje. A pesar de lo desfasados que puedan haber quedado los aspectos científicos, Lem consigue resultar creíble la mayor parte del tiempo. Si la novela tiene algún objetivo es intentar transmitir al lector las sensaciones y vivencias que se podrían experimentar en un viaje a otro planeta. Por eso se detiene a detallar cuidadosamente su equipamiento, los trajes, los vehículos, así como lo que sus protagonistas sienten durante la ingravidez, una colisión con meteoritos o los aterrizajes y despegues, descritos estos últimos con una precisión sumamente vívida, que haría creer que el autor los ha experimentado en persona. Seguramente no son realistas, pero provocan la ilusión de realidad.

Como se infiere del párrafo anterior, “Astronautas” es una novela eminentemente descriptiva y donde mas brilla es en la descripción de los paisajes alienígenas. No creo que haya un autor de ciencia ficción que supere las descripciones de otros mundos de Stanislaw Lem. Nadie consigue que resulten tan extraños, tan ajenos y, al mismo tiempo, tan incomprensiblemente bellos. Su imaginación visual era tan portentosa que a veces resulta muy difícil entender sus descripciones, pero es que, para hacerle justicia, haría falta un James Cameron inspirado trabajando sobre ilustraciones de Moebius.

Esta novela no es una excepción. Las pormenorizadas descripciones de los paisajes venusianos y de los hallazgos de los astronautas son fascinantes y rebosan sentido de maravilla. También son bastante largas, pero no por ello dejan de ser uno de los grandes atractivos de la novela. Los personajes, por el contrario no son gran cosa. El protagonista es el mas logrado, con sus recuerdos de su abuelo, negro y nacido en Estados Unidos, su afición al alpinismo, sus imprudencias y sus flaquezas. El resto de la tripulación, sin embargo, se compone de una especie de valientes y amables súper científicos sobre humanos que solo acumulan virtudes. En su tiempo libre, escuchan conciertos de música clásica e intercambian historias. Ni en esta ni en ninguna de las novelas que he leído de Stanislaw Lem, aparece una mujer entre los científicos protagonistas, ni en un puesto de alta responsabilidad. Son personajes casi victorianos, a los que no cuesta nada imaginárselos en sus reuniones fumando puros y bebiendo coñac. Encarnan una idealización de la ciencia y los científicos que galopa por toda la novela y que sorprenderá a los seguidores de Lem, al chocar radicalmente con la visión desencantada que presidirá sus obras mas famosas.

Se trata de la primera novela publicada por Stanislaw Lem y es una novela claramente juvenil, con vocación didáctica dirigida a un público en el que pretende despertar vocaciones, el deseo de contribuir al bien común y de superar constantemente las propias limitaciones. Esta intención se hace de un modo muy poco sutil en los primeros capítulos y, aunque despierta mis simpatías, le puede resultar farragosa a un lector maduro. “Astronautas” no es una obra que pueda complacer a todos los tipos de lectores y debe ser degustada con paciencia. Un lector sin interés en la ciencia o la ciencia ficción, debería huir de ella como de la peste. No puede negarse que el lector moderno la encontrará bastante trasnochada. El que busque un entretenimiento rápido, se llevará también una gran decepción, por su tono pausado y por su crispante falta de objetivos, pues aparte del de describir un viaje espacial, no parece tener ninguno durante la mayor parte de la novela. Aún diría mas: Tiene mas en común con un libro de viajes que con una novela. No hay la menor sensación de que la historia avance, o de que la narración se dirija hacia algún lado. Simplemente se acumulan anécdotas e incidentes, que se van sucediendo hasta el final y no es hasta el último capítulo cuando se hace evidente su mensaje pacifista y anti nuclear.

Los seguidores de Stanislaw Lem, en cambio, no deben perdérsela. Podría decir que por su carácter histórico y seminal, que en esta novela se encuentran el embrión de lo que acabaría siendo su obra de ciencia ficción, y no mentiría, pero es el tipo de argumento que solo sirve para despertar el interés de estudiantes de literatura y articulistas. El motivo por el que no deben perdérsela, es porque, a pesar de sus incuestionables defectos, en “Astronautas” se encuentran muchas de las virtudes que cristalizarían en su obra posterior y al leerla podrán volver a experimentar algunas de las sensaciones que les cautivaron en su día.











viernes, 3 de junio de 2016

“David Balfour ” de Robert Louis Stevenson

He decidido utilizar como título de este post el nombre del protagonista principal y narrador de las novelas “Secuestrado” y “Catriona” de Robert Louis Stevenson, que acabo de terminar de leer, una a continuación de la otra sin interrupciones.

Los supuestos cuentos completos de Stevenson me dejaron con ganas de mas. Dirigirme hacia “Secuestrado” parecía una elección obvia. La pluma de Stevenson dio a luz al menos tres clásicos de la novela de aventuras: “La isla del tesoro”, “La flecha negra” y “Secuestrado”. Esta última siempre me ha resultado la más difícil de encontrar. Mientras que las otras dos, sobre todo, por supuesto, “La isla del tesoro” forman parte de todas las colecciones de clásicos juveniles que tan a menudo se solían regalar en mi niñez y llegué a tenerlas repetidas, “Secuestrado” aparecía en el catálogo de “Otros títulos de esta colección”, pero por un motivo u otro nunca llegaba a mis manos. Quizá se deba a que su final puede resultar un poco abrupto o que no existan adaptaciones al cine que yo conozca.



Vamos a lo nuestro. “Secuestrado”· cuenta la historia del joven escocés de las “Lowlands”, David Balfour, que, al poco de morir su padre, va a vivir con su tío. Como David es el legítimo heredero de las propiedades de la familia, su tío intenta deshacerse de él haciéndole secuestrar por el Covenant, barco que debería trasladarle como trabajador forzado, léase esclavo, a América.

Toda la parte del Covenant es excelente, la descripción sencilla y creíble del carácter de los marineros, el terrible destino del grumete (para ser un escritor victoriano y una obra enfocada hacia un público juvenil Stevenson no duda en incluir en su obra nada menos que el asesinato de un niño) y la culminación, con una emocionante batalla de dos contra toda la tripulación , seguida de una verdadera catástrofe. Y el artífice que desencadenará esa catástrofe es el personaje más memorable de la obra: Alan Breck.

Alan es uno de esos personajes secundarios que se apoderan de la historia en cuanto aparecen y se convierten en el verdadero protagonista. Orgulloso, valiente, despreocupado, camorrista, embaucador, vanidoso, capaz de una clarividencia sorprendente en ocasiones y en otras de un comportamiento totalmente infantil. El Covenant se las arreglará para echar a pique su bote en medio del mar y a, partir de ahí, se convierte en el héroe de la historia.

El héroe oficial, David Balfour, no puede compararse con Alan. A fin de cuentas, David es casi un niño, sin experiencia de la vida y además un niño puritano con un sentido exagerado del honor y de su propia dignidad. No puede competir con su alocado y excéntrico compañero de viaje, que siempre se las arregla para caer de pie y encontrar la salida oportuna a cada aprieto.

Perseguidos por una falsa acusación de asesinato, la pareja cruza todas las “HighLands” escapando una y otra vez de los casacas rojas y conociendo a todo tipo de personajes pintorescos. Aunque la comparación suene descabellada, en ocasiones me recordaba algunos guiones de Asterix y Lucky Luke de Rene Goscinny, otro genio, esos en los que todos los personajes parece que están locos, menos el protagonista y es éste, la voz de la razón, el único que resulta antipático. Por poner un ejemplo todo lo relativo a la partida de cartas y sus consecuencias es una genialidad y no hay que olvidar la competición de gaiteros. O en otro orden de cosas, el final de la etapa de “Robinson Crusoe” de David.

Por supuesto, siempre me las arreglo para encontrar algo de lo que quejarme. En este caso, lo único que me ha molestado son las descripciones de los itinerarios que siguen los protagonistas. Hay veces que la lectura no tiene sentido sin un mapa de la “HighLands” escocesas. Demasiados parágrafos para mi gusto de fuimos del pueblo A al pueblo B, pasando junto a la ladera de la montaña C, sin describir A, B o C o sin que les ocurra lo más mínimo por el camino. En esos momentos la novela en vez de novela parece una guía de viajes y no demasiado buena.

El final está bien, aunque el triunfo resulte demasiado fácil. Lo malo es que David decide dirimir sus cuentas pendientes con la justicia y con eso acaba la novela.




El hilo de la trama se retoma en “Catriona” en el mismo instante en que lo dejó. “Catriona” fue publicada siete años después de “Secuestrado”. He creído notar una evolución en el lenguaje, Stevenson parece haber refinado sus habilidades durante ese tiempo. En “Catriona” me ha parecido que ha aprendido a tomarse su tiempo, el adecuado, para las descripciones y diálogos, mientras que en “Secuestrado” parecía verse compelido a la acción. Por desgracia, es en lo único que mejora.

Para empezar, Alan Breck está ausente durante la mayor parte de sus páginas. ¡Ay de mi corazón! “Catriona” se sostiene bastante bien mientras narra el empeño quijotesco de David de testificar a favor de James Stewart, a pesar de que dicho testimonio podría acarrearle la prisión o incluso la horca al propio David, acusado de complicidad. David no para de encontrarse con puertas cerradas, a nadie le preocupa la culpabilidad o inocencia del reo, el caso está cerrado desde el principio, el juicio es una farsa y el testimonio de David no sería escuchado, pero no se desea que lo preste y hay figuras dispuestas a llegar muy lejos para impedirlo.
En esta parte hay interesantes reflexiones sobre la justicia, la responsabilidad individual y la política. En ella y en todo el resto de la novela, hay personajes muy bien definidos y una sutil ironía muy disfruta ble. En cuanto termina y James Stewart es ahorcado, con muy poca indignación de David, la novela se va al cuerno.

A partir de entonces, pasa a centrarse en los amores entre David y Catriona MacGregor Drummond, nieta ficticia de Rob Roy (algún día tengo que leer a Walter Scott) Dicha historia de amor me ha resultado, en pocas palabras, insoportable y ni la habilidad ni el genio de Robert Louis Stevenson han logrado salvarla. No sé si mi desconocimiento de la época hace que me pierda algún contexto, pero pocas cosas me parecerán menos interesantes que los malentendidos absurdos que separan una y otra vez a esta pareja de amantes. A un lector moderno no puede menos que parecerle que los tortolitos crean abismos infranqueables a partir de auténticas tonterías. Además sus parlamentos grandilocuentes, sus suspiros y sus lágrimas acaban haciéndose cargantes.

En resumen, esta es una de esas ocasiones que segundas partes nunca fueron buenas.