Buscar este blog

No creo en la crítica objetiva. Sólo conozco una o dos personas a las que le interesan mis opiniones. y a veces creo que lo hacen por cortesia.

jueves, 23 de febrero de 2017

“Los espejos turbios” de Rafael Marín



El joven Angelito Fiestas, durante una fiesta universitaria, es testigo de un asesinato. El asesino es un escritor de éxito, hombre respetado y célebre que incluso va a participar como rey mago en la cabalgata de reyes. Convencido de que nadie le creerá, Angelito recurre a su amigo Torre, ex boxeador amnésico y detective ocasional.

Conocía a Torre por sus apariciones en varios relatos de Rafa Marín, pero esta la primera novela suya que leo. Hubiera preferido leer “Detective sin licencia”, pero no he podido encontrarla. Han pasado cuatro años desde que adquirí “Los espejos turbios”, pero al fin me he decidido a leerla.

Lo primero que sorprende de su lectura es el lenguaje empleado. Es una novela escrita en gaditano. De por sí eso no me ha supuesto ningún problema, mi madre es de Granada, mi padre de Málaga y veraneé durante años en el puerto de Santa María. En alguna ocasión me he encontrado alguna palabra que desconocía, pero su significado se podía deducir por el contexto, así que ni siquiera he tenido que consultar el glosario que aparece al final. Además, como leí en algún lugar, esa es la gracia.

Lo que he llevado algo peor son las larguísimas frases, plagadas de comas y conjunciones. La novela alterna capítulos narrados desde el punto de vista de Angelito y de Torre. Angelito es un friki y sus capítulos están llenos de referencias a la cultura popular, cómics, películas, dibujos animados japoneses... Al comienzo, el estilo de los capítulos de Angelito me resultó muy recargado. La densidad de metáforas y símiles por centímetro cuadrado era tan alta que cansaba e impedía que los momentos mas impactantes destacaran sobre los demás, por mucha gracia que me hicieran los símiles y metáforas empleados.

Por su parte, los capítulos de Torre están llenos de divagaciones. Como todo en este blog, es un tema exclusivamente de gusto personal, pero no soporto las divagaciones, me apartaron del mismísimo Saramago. Torre en cualquier momento interrumpe su trayecto para que el narrador relate con pelos y señales la vida de cualquier personaje con el que se cruce por la calle, que no va a volver a aparecer en la novela y con el que seguramente ni hable.

Dicho esto, no sé si porque el autor bajó el ritmo o porque me acostumbré, estos problemas dejaron de afectarme pasados unos capítulos.

Los detectives de serie negra son inseparables de sus ciudades, personajes a igual o mayor altura que el resto del reparto. A su manera, Torre es un detective de serie negra y “Los espejos turbios” funciona peor como novela policíaca que como recreación de Cádiz durante las navidades. Como tal, es excelente, tanto que creo que voy a estrenar una etiqueta nueva que diga “costumbrismo”. Consigue recrear eso tan indefinido que llaman “color local”. Refleja muy bien esos días de comilonas, reuniones familiares, grandes fiestorros y compras compulsivas. Dota de gran humanidad a todos los personajes, desde los principales a los infinitos secundarios y contiene apasionantes reflexiones sobre la vida, el paso del tiempo la soledad, … o el submundo de la pornografía.

Por el contrario, la trama criminal la he encontrado poco interesante y bastante rutinaria. Probablemente no fuera en lo que estaba mas preocupado el autor. Me ha parecido que ocupa menos parte de la novela que la descripción del entorno, y no me quejo. Soy bastante escéptico sobre los trastornos de personalidad, aunque nunca me he documentado sobre el tema. Desde esta perspectiva el villano de la obra resulta muy poco interesante, un puñado de tópicos popularizados por la ficción. Además, nunca habla y casi ni se le ve. Intencionado o no, solo es un mcguffin para poner en marcha la novela.

En dos ocasiones he percibido lo que yo llamo el síndrome de la serie de televisión o del cliffhanger, el capítulo que solo sirve para preparar una gran revelación que tiene lugar justo a su final. Una es en el capítulo nueve, la otra es en el capítulo once. En este último es mucho menos acusado, a fin de cuentas las cosas que ocurre tienen su interés, de hecho lo leí con mucha expectación y se ahonda en las relaciones entre los personajes, pero, cuando llegué al final exclamé: “Ah, ¿tanta vuelta para esto?” Le tengo mucha manía a este síndrome. Cuando me lo encuentro, pienso que si esa era la única función que tenía el capítulo, me podría haber ahorrado todas sus páginas e ir directamente a la última. Si George RR Martin lo superara, las novelas de la “Canción de Hielo y Fuego” no pasarían de las trescientas páginas.

Terminaré el apartado de cosas que no me han gustado resaltando que el señor Rafael Marín escribe muy bien, francamente bien, pero que siempre prefiere explicar a mostrar. Y se explica muy bien, es cierto, pero nunca deja al lector que saque sus propias conclusiones. Eso en mi opinión resta fuerza a algunos momentos. Pienso en el final del capítulo catorce en el que se describe la situación y casi el destino de cierta pareja. Es un gran párrafo, pero habría tenido mas impacto emocional si el lector hubiera deducido ese destino por sus gestos y sus palabras, en vez de serle expuesto por el narrador.
Todas estas cosas no quitan su calidad al texto, y los peros que le he puesto son filias y fobias personales y que si se los resto a las cosas que si me han gustado, el balance es positivo. Es una novela agradable de leer, entretenida, divertida y bien escrita, con algún que otro personaje inolvidable.

jueves, 16 de febrero de 2017

“El problema de los tres cuerpos” de Liu Cixin



Suelo empezar mis reseñas con un breve resumen de la obra reseñada, lo que en este caso sería un error, porque el misterio y la capacidad de sorprender al lector de Liu Cixin son lo mas disfrutable de la novela. Veamos, puedo decir que hay dos tramas que confluyen, una que transcurre en el pasado y otra en el presente. Las dos ocurren en China. En la que transcurre en el pasado se narran las desgracias que le ocurren a Ye Wenjie, una joven astro física cuyo padre es asesinado durante la revolución cultura, que pasa a formar parte de un proyecto secreto de investigación. En la que transcurre en el presente, tiene lugar una ola de suicidios entre los científicos que estudian las partículas elementales, al obtener resultados que indican que se podrían estar alcanzando los límites de la ciencia. Las dos tramas terminan confluyendo y hay un juego de realidad virtual con el mismo nombre que la novela que es muy importante en su desarrollo. Cualquier otro dato ya sería estropear partes de la lectura.

El problema de los tres cuerpos” parece destinado a generar polémicas. Primero fue todo el estúpido asunto de los premios Hugo del 2015, con sus sad puppies y sus rabid puppies, que se saldó con la victoria, por primera vez en la historia, de una novela no escrita en inglés. En chino, para rematarlo del todo. Mas exótico imposible. ¿Justicia poética o sobre compensación? ¿Quién puede decirlo?

En nuestro país, por su parte, desde su publicación, ha sido recibida con gran entusiasmo por parte del público especializado, pero también con numerosas críticas acerbas. Eso sí, esas críticas se centran siempre en los aspectos literarios, reconociendo la imaginación y audacia de su autor.

Algunas opiniones matizan que este presunto déficit en los aspectos literarios es en realidad una cuestión cultural, que el libro está escrito al estilo chino y que se debe aprender a apreciar la literatura oriental y sus convenciones para ser capaz de apreciarlo. Es posible, no dispongo de datos para corroborarlo o rebatirlo.

Podría volver a embargarme en el eterno debate de si una novela puede ser una buena novela de ciencia ficción, aunque no sea una buena novela. Mi opinión es que sí, pero que no debería, mas no tengo ganas de extenderme sobre ello. Me limitaré a dar mi opinión estrictamente personal, como siempre.

Para empezar, en contra de lo que se suele decir, “El problema de los tres cuerpos” no es ciencia ficción hard. La ciencia es muy importante en ella, no hay duda de que Cixin Liu tiene una buena cultura científica, pero cualquier profano con dos dedos de frente se dará cuenta de cuando se la estás pegando y Cixin Liu se inventa la ciencia que le conviene. Ejemplos obvios son el uso de las estrellas como amplificadores o el “desplegado” y “plegado” de un protón que aparece al final. Lo primero me ha costado muy poco comprobarlo, lo segundo, me temo que nadie se lo ha tomado lo suficiente en serio para debatirlo, aunque sea un idea llena de encanto.

Dicho esto, la mayor parte de la novela me ha encantado. Tiene múltiples conceptos originales y muchos fragmentos excelentes. Toda la parte del juego de realidad virtual lo es. El momento en que en dicho juego se “construye” un ordenador, me ganó para la causa de Cixin Liu y es de lo mejor que he visto en mucho tiempo en una novela de ciencia ficción. Aunque de menor envergadura, también me atraparon los problemas con la fotografía de Wang Miao, que parecían un episodio de Twlight Zone de los buenos y los conflictos que recorren la obra. En cuanto a lo literario, el libro no está peor escrito que una novela de Michael Crichton, Robert Crais o Robin Cook. (A Dan Brown nunca le he leído) Y está mejor escrita que una de Robert J. Sawyer.

Sin embargo, los críticos no están del todo desencaminados. Ye Wenjie es el único personaje mas o menos bien desarrollado. Los demás se mueven entre los tópicos y los que solo existen para exponer una idea o un punto de vista y tienen tendencia a soltar discursos, sin que el narrador registre siquiera un conato de conversación previa. Particularmente chocante me resultó el capítulo narrado por Wei Cheng. En determinado momento empiezan a hablar con este personaje y lo que sigue es su testimonio, narrado en primera persona. Este tipo de cosas era muy habitual en los relatos decimonónicos, en los que el capítulo habría llevado un título como “El relato de Wei Cheng”. Eduardo Mendoza es muy dado a ellos, y los exagera con propósitos cómicos. Al lector moderno le puede extrañar que una persona hable sola durante tanto tiempo, sin que le interrumpan y sin que tenga que tomarse un vaso de agua. Normalmente la dichosa “suspensión de incredulidad” se ocupa de estos casos. Lo mas raro de “El relato de Wei Cheng” es que sus oyentes si le interrumpen ¡pero no lo suficiente!. Eso hace que quede mas raro todavía: alguien escucha atentamente a otro, en silencio, durante largo tiempo, lo interrumpe para hacer una pregunta y luego vuelve a callarse ¡durante un periodo de tiempo todavía mas largo!.

Finalmente, soy de la opinión de que la novela pierde mucho en el tramo final. Llega el momento de las explicaciones. Cixin Liu se las arregla para explicar todos los enigmas que ha planteado y lo hace bien, las explicaciones están a la altura de los enigmas, sus conceptos son, como bien dijo Rodolfo Martínez en su poco entusiasta reseña, apabullantes. Mi problema es que todo resulta muy anticlimático. Aunque la situación en la Tierra está lejos de haberse arreglado y no lo estará durante generaciones, el conflicto principal de la novela ya se ha resuelto. Los personajes han mostrado sus verdaderas caras y han cumplido su destino. ¿Qué queda entonces? Revelar los trucos de prestidigitador que había tras ellos. Unos trucos colosales, que duda cabe, pero cuya génesis es descrita con cierta desidia. Hay algunos momentos repletos de sense of wonder, de esos que me hicieron amar al género, pero mi atención ya está perdida. Y esos momentos me recuerdan mas a los delirios pseudo científicos de A. E. Van Vogt que al bueno de Arthur C. Clarke.

Si hubiera escrito esta reseña cuando solo había leído la mitad de la novela, incluso los dos primeros tercios, ya me habría apuntado a cursos de chino y desfilaría por las calles con la bandera de la república popular al hombro. Una vez acabada, mi entusiasmo es mucho mas comedido, me quedaré en casa, leyendo novelas y comics y viendo películas y series, aunque reconozco que Liu Cixin me ha parecido un autor muy estimable, al que valdrá la pena seguir, aunque no demasiado pronto, por favor, señores de Nova, déjenme digerirlo con calma y tener tiempo para olvidarme de sus defectos. En cualquier caso, en esta ocasión el premio Hugo si que resultó bien merecido.

viernes, 10 de febrero de 2017

“2016: el milagro de la multiplicación de las visitas”

No soy muy dado a revisar el número de visitantes de cada entrada de mi blog. Sinceramente, durante mucho tiempo dudé de que los hubiera. Nunca fueron números muy altos. Si reviso las entradas anteriores al 2016, lo normal solía ser entre 30 y 70, en muy contadas ocasiones rondando los cien. Aún así, esos números me impresionaban. En términos de popularidad en Internet son risibles, pero que 70 personas pudieran tener un ligero interés en mis opiniones ya me daba vértigo. Mas del doble de mis compañeros de clase en el instituto. Entre 15 y 20 veces mis amigos íntimos. Nunca lo encontré despreciable.

Entonces llegó el 2016 y las cosas cambiaron y no tengo ni pajolera idea de porqué. El cambio se produjo de un modo totalmente brusco. Mi reseña de “Mio sidi” de Ricard Ibáñez tuvo 92 visitas, la siguiente, "Orpheus" de M Bracelli, 190, mas del doble de lo habitual. A partir de ahí las cosas empezaron a subir. A partir de la reseña de “A la deriva en el mar de lluvias” lo normal es que el número de visitas de cada entrada se estabilice entre las 500 y las 600. No es raro rondar las mil. Lo mas extraño es que las visitas de las entradas posteriores a esa fecha no paran de subir, mientras que las anteriores siguen como estaban. Y que la reina de todas las entradas es la reseña que dediqué a “El trono vacante” de Bernard Cornwell, con 1219 visitas y subiendo. Una reseña de la que estoy particularmente poco orgulloso, porque podría haberse resumido en: “Si, los libros de Uthred están muy bien, pero todos se parecen mucho y empiezo a estar un poco harto”.

¿Qué es lo que habrá pasado? ¿Estoy haciendo algo bien? ¿Un mayor seguimiento de la actualidad, tal vez? Mira que lo dudo, mi reseña de “El marciano” de Andy Weir fue bastante oportuna y allí anda perdida por los rincones, con solo 52 visitas, sin que Ridley Scott ni Matt Damon hayan podido solucionarlo.
Me inclino mas bien a pensar que alguien mas popular debió en enlazarme en su propia bitácora.

En cualquier caso, no tiene sentido plantearse si estoy haciendo algo bien o mal. Ni tengo publicidad ni poseo mi propio dominio, es decir, ni gano ni pierdo dinero con este blog. Lo empecé a instancias de un amigo, mas interesado en que pusiera a parir el mundo de las consultoras cárnicas y en mis puntos de vista sobre la actualidad, durante un periodo de paro que se alargó a seis meses, en el que también me empollé un libro de patrones de diseño y otro de Java, bastante anticuado, hice medio curso de analista funcional, empecé una novela y perdí 25 kilos, que luego he recuperado con creces. Con esto quiero decir que es uno mas de mis pasatiempos y que nunca he buscado la popularidad ni el trending topic o, líbreme Dios, influir en las opiniones de la gente. Sólo pasármelo medianamente bien siendo sincero y, si he de serlo, 1219, en términos de Internet, sigue siendo muy poca cosa.

Si en algo me influye es que hace que me plantee tener mas cuidado al abrir mi bocaza, quien sabe si alguien que me esté escribiendo pueda tomarme en serio...

jueves, 2 de febrero de 2017

“Lux Perpetua” de Andrzej Sapkowski



Con este volumen llega a su fin la saga de Reinmar de Bielau. Su lectura me ha resultado algo ardua, por su extensión y el dramatismo de sus acontecimientos. No puedo evitar pensar que se ha perdido una oportunidad única para aprender sobre unos hechos históricos casi totalmente desconocidos en nuestro país. No me entiendan mal, no digo que Sapkowski no se haya documentado, antes al contrario, me parece que se ha documentado de mas, se ha perdido en un mar de detalles tan turbulento que no ha sido capaz de trazar un rumbo que permita una panorámica general, para que los legos podamos hacernos una idea clara de lo que fueron el movimiento y las guerras Husitas.

Por ejemplo, se mencionan continuamente los cuatro puntos de los artículos de Praga, pero nunca se dice claramente cuales son, cosa que puede remediar fácilmente la wikipedia. Se habla hasta la extenuación de comulgar con el cáliz pero apenas se menciona la libertad de predicación y nunca la pobreza de la iglesia y el castigo de los pecados mortales sin distinción de rango social o nacimiento.

Por el contrario, nos aburre con el detalle con que describe las maniobras de realpolitik entre Segismundo, Vitautas, Jagiello y alguno mas que ya he olvidado y con crónicas de movimientos de tropas, victorias y derrotas tan alejadas en el tiempo que es difícil entender su relevancia, máxime si no sabes exactamente donde transcurren. Por ejemplo, antes de leer esta trilogía yo nunca había oído hablar de Silesia. Una futura e improbable edición definitiva de la trilogía debería contar con un mapa, para poder entender mejor los devaneos de Reynevan, las fronteras de los países implicados y la importancia de las campañas. También debería contar con una introducción histórica, que ayude a comprender el marco en el que transcurre la función, una semblanza de las figuras históricas implicadas, la situación política y lo que ha ocurrido hasta ahora.

Soñar no cuesta nada. Nada me gustaría mas que encontrarme una entrada sobre esta trilogía en el sitio “La novela antihistórica”.

Un glosario de personajes y un resumen de las anteriores entregas también podría venir bien.

Sapkowski y yo ya somos viejos conocidos. Creo que este es el treceavo libro suyo que me leo. Este conocimiento tiene sus inconvenientes. Todo el mundo tiene defectos y a estas alturas los defectos se hacen muy evidentes. Con el primer capítulo, me lo hice en los pantalones. Una primera escena que sirve para volver a introducir a Reynevan. Un cambio de perspectiva y seguimos con él, que empieza a contar lo que le ha pasado en los últimos tiempos. ¿Y que le ha pasado? Que fue a ver a su padre y mientras hablaban, recordó otras cosas.

Por último, sin que venga a cuento, se nos traslada de escenario para narrar someramente la batalla de los arenques, inscrita en la guerra de los Cien Años, sin mas propósito aparente que hacer un chiste acerca de John Falstof y el Falstaff de Shakespeare (ignoro si los dos tienen algo en común), ignorando la intervención de la artillería francesa y convirtiendo a todo guía de caravanas del oeste que hiciera formar los carros en círculo para protegerse del ataque de los indios en un experto en las maniobras husitas.

Los relatos dentro de relatos tienen su gracia. Soy un fan de las “Mil y una noches” (la versión de Mardrus es la que cayó en mis manos) pero tres indirecciones y un desvío, así, nada mas empezar, me pareció excesivo, sobre todo cuando el peor vicio de Sapkowski es su tendencia a marear la perdiz y retorcer el hilo narrativo, no sé a que se debe tamaña aversión a la narración secuencial. Afortunadamente, se trató de un espejismo y durante el resto de la narración mantiene bajo control dicho hábitos.

Otra seña de alarma: en los primeros capítulos asistimos a un espectáculo chocante: los personajes empiezan a largar discursos. Sapkowski siempre los ha dejado hablar y exponer sus puntos de vista. Sus diálogos son magníficos, pero en esta ocasión se entregan a parlamentos impropios de su educación y cultura, en los que el autor lanza sus advertencias en contra del fanatismo y acerca del absurdo de la guerra. Ojo, están muy bien escritos y rebosan de contenido, pero son completamente antinaturales, la gente sólo habla así en las obras de teatro y en algunas series de televisión y resultan todavía mas chocantes porque su autor siempre se las ha arreglado para hacer mejor las cosas. También esto, afortunadamente, se enmienda después de los primeros capítulos.

Durante la mayor parte de la novela, el ritmo es magnífico, con Reynevan saltando de un lío al siguiente y saliendo de ellos por pura chiripa. El recurso a sus encontronazos fortuitos con viejos conocidos funciona, aunque ya no sorprenda, pues forma parte de la idiosincrasia de la trilogía. Rechinan mas los capítulos dedicados a los villanos, en los que pesar de las introducciones de los capítulos, no se nos da información que resulte importante para la novela, aunque si lo sea para la historia, con mayúsculas. También lo hacen las apariciones de personajes secundarios, aparentemente sin ninguna relación con el resto de la novela, aunque, como ya conocemos a Sapkowski, sabemos que acabarán teniendo algo que ver. Y lo hacen. La mayor parte de las veces.

Aparte de los de nuevo cuño, reaparecen muchos personajes de los anteriores libros. Creo. El tiempo transcurrido desde la publicación de la anterior parte de la serie le hace un flaco favor a la novela, pues el lector medio habrá olvidado a la mayoría de los personajes a los que Reynevan reconoce de un vistazo, por lo que se juzgan innecesarias descripciones ni introducciones.

Sapkowski es genial caracterizando a sus personajes. Positivos o negativos, sabe dotarlos de personalidad y humanidad, de un habla propia y hacerles actuar de un modo coherente con sus personalidades. No se le da también hacerlos evolucionar. Salvo por las desgracias que les ocurren suelen salir de escena sin que su personalidad cambie respecto a aquella con la que entraron. Reynevan es un personaje que sufre grandes cambios a lo largo de la trilogía. En cierto modo, la trilogía es la historia de esos cambios, pero resultan muy poco aparentes. El autor casi nunca intenta asomarse a su cabeza, sino que le conocemos por sus palabra y actos. Eso hace que sus cambios de parecer resulten bruscos, que pase de pensar una cosa a la contraria sin que apreciemos el proceso intermedio. A ello hay que añadir que Reynevan es, de lejos, el personaje menos interesante de la obra.

La profusión de fragmentos en latín, alemán, o que se yo, comienza a hacerse fatigosa, al igual que algunos innecesarios cambios de narrador. La progresiva desaparición de los compañeros, aunque brinda momentos estremecedores, quizá no sea tan conmovedora como debería ser. En mi opinión, el exceso de artificio nubla la despedida del que quizás sea el mejor personaje de la serie. Ocurren tantas cosas que se descuida el cuidado al narrarlas, esto resulta patente en los últimos capítulos, en los que se intuye cierto cansancio. Como si Sapkowski quisiera acabar con el movimiento Husita de una maldita vez.

La literatura de Sapkowski siempre ha tenido un punto desencantado, pero nunca ha sido tan pesimista como en esta novela. El sentido del humor que le caracteriza esta mucho mas comedido de lo habitual, casi ausente. Sus héroes supervivientes solo reciben el más tenue de los rayos de esperanza. Parece decirnos que es imposible cambiar las cosas y que los intentos de hacerlo solo provocan ríos de sangre y calamidades, que las revoluciones atraen a los peores canallas y carniceros, mientras que los idealistas, o se terminan convirtiendo en lo que odiaban, o son devorados por ellas y al final, todo sigue igual. Como también es una constante en su obra, se centra mas en los desastres de la guerra que en las grandes batallas, aunque éstas aparecen. Es fácil entrever referencias a la actualidad, al terrorismo (Que gran invento es el terrorismo, se repite en varias ocasiones. Sirve para justificar cualquier cosa. Si no existiera habría que inventarlo) o a la actitud de la banca, que financia ejércitos bajo el pago de la destrucción de las industrias de la competencia.

En fin, puede que tanta oscuridad y pesimismo hayan contagiado mi ánimos, porque en varias ocasiones me ha resultado un libro algo cansado. No me entiendan mal, es un buen libro, está bien escrito, es interesante, los personajes están dotados de gran humanidad y, la mayor parte del tiempo es entretenido, pero lo he disfrutado menos que otros libros del autor (la segunda entrega de las guerra husitas mismamente). Espero que la culpa sea mía y del catarro que me ha perseguido la semana en que lo he acabado y no que el cansancio esté empezando a afectar a la pluma del maestro Sapkowski.