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No creo en la crítica objetiva. Sólo conozco una o dos personas a las que le interesan mis opiniones. y a veces creo que lo hacen por cortesia.

lunes, 17 de julio de 2017

“Los últimos días de Nueva París” de China Miéville



Antes de empezar a comentar esta novela, permítanme que sugiera este enlace a los que la estén leyendo, o se dispongan a hacerlo:

https://medium.com/@Nicky_Martin/graphic-annotations-of-china-mi%C3%A9villes-the-last-days-of-new-paris-fb2abe8fc578

Es un enlace muy útil. Sin su ayuda puede ser complicado imaginar las portentosas imágenes que evoca la prosa de China Miéville, a menos, claro que seas un experto en el movimiento surrealista.

La mayor parte de la historia transcurre en París, en 1950. Nos encontramos en una realidad alternativa. Durante la ocupación nazi detonó algo llamado “la bomba S”. Como resultado, París está repleto de manifestaciones del arte surrealista, fundamentalmente cuadros que cobran vida, pero también de cualquier forma de arte de este movimiento. A lo largo de la novela aparecen incluso manifestaciones de poemas. La ciudad permanece ocupada por los nazis, aliados con demonios del infierno que combaten contra el arte viviente.

La historia se centra en Thibaud, último superviviente de un grupo de resistentes surrealistas, que vagabundea por la ciudad intentando huir de ella, a la vez que se nos informa de su pasado por medio de flashbacks oportunos. También hay una segunda línea argumental, que transcurre en 1940, que nos cuenta el origen de esta extraña situación.

Me dan ganas de hacerme el listo y tratar de definir el interés del libro con esta sencilla ecuación:

Surrealismo + China Miéville = Delirio

Llamativo ¿eh?, pero no deja de ser un reduccionismo estúpido.
Una vez más, China Miéville demuestra la potencia de su poderosa imaginación. “Los últimos días de Nueva París” parte de una idea mas o menos original: el arte cobra vida para luchar contra el nazismo, pero desarrollada de un modo que ronda la genialidad. Resulta increíble la labor de documentación que hay detrás de este par de cientos de páginas. La cantidad de referencias artísticas es tan alta que hará las delicias de los entendidos en el surrealismo. (Yo eché en falta alguna a Buñuel, pero no soy ningún experto) La materialización de elementos surrealistas convierte las páginas en un catálogo de paisajes oníricos, poblados por figuras extrañas y peligrosas. La ambientación es fascinante, retorcidamente hermosa y a la vez amenazadora. La prosa de Miéville va pareja a lo que describe. Sinceramente, no se que pensar sobre su estilo. He leído a mucha gente echar pestes sobre él, otros decir que es intencionadamente malo. A mi me resulta desconcertante, me provoca una sensación de extrañeza, que lo hace muy adecuado para esta obra al menos.

Resumiendo, que los adictos al sense of wonder tienen frente a ellos un bocado al que es imposible resistirse, a lo que hay que añadir que las peripecias no dan descanso en ningún momento al lector, que las persecuciones, tiroteos y combates parecen no acabar en ningún momento y que el final es excelente, la revelación y el destino final del adversario definitivo es una de esas cosas que no deben dejar que les cuenten.

Pero…

La reseña hasta aquí estaba resultando demasiado elogiosa, cuando “Los últimos días de París” tiene algunos defectos muy marcados.

Para empezar, la subtrama sobre el origen de la bomba S, es totalmente prescindible y no aporta nada al resto del relato. Parece mentira que este sea el mismo China Miéville que en “La ciudad y la ciudad” afirmaba que ni sabía ni le preocupaba como se habían llegado a mezclar Beszel y Ul Qoma.

La trama principal, la de Thibaud, tampoco es que sea gran cosa. En el fondo no deja de ser un paseo bastante largo por este mundo desconcertante que Miéville ha creado. Otra vez. Además, reaparece uno de sus peores defectos, el de descriptor exhaustivo de parajes urbanos imaginarios. Hay veces en que parece decidido a seguir página por página un plano de París, explicando detalladamente en que ha cambiado cada uno de sus distritos y sus calles. Afortunadamente para sus lectores, la brevedad del volumen lo impide.

Y esa es otra de las cuestiones que deben tener en cuenta los que piensen adquirir este libro. En realidad, “Los últimos días de París” es una novelette, a la que le han puesto un tipo de letra grande, un espacio entre línea generoso y han llenado de extras para que alcance las dimensiones que exigen su publicación en tomo. Eso no es nada malo de por sí, a mí me encantan las novelettes, mientras que los grandes tochos cada vez me cansan mas, pero se vende a precio de novela y no es el tipo de información que te ofrecen en la contraportada.

Los extras incluyen la historia de como supuestamente China Miéville consiguió la historia y un largo listado de referencias sobre los orígenes de las manifestaciones, que es muy interesante.

Por último, diré que ya llevo bastante leyendo a este autor y empiezo a ver patrones en sus historias, que eliminan el elemento sorpresa. En concreto me refiero al aliado/salvador que guarda algún secreto oscuro en su interior, que casi parece una constante a toda su obra. Miéville debería tener cuidado con eso, si no quiere volverse repetitivo y eso es lo último que debe desear alguien que se esfuerza tanto por ser original. Cierto que, si “Los últimos días de Nueva París” me ha recordado a alguna obra anterior de Miéville, sería a “El azogue”, con la que guarda algún paralelismo, aunque creo que “Los últimos días de Nueva París” está infinitamente mejor.

En resumidas cuentas, si tuviera que ponerle nota, por la imaginación y la ambientación, “Los últimos días de Nueva París” se merecen un diez, pero por trama y personajes no llegan al cinco, un cuatro pelado.

martes, 11 de julio de 2017

“Kirinyaga” de Mike Resnick


 

Los kikuyu son la etnia principal de África oriental y Kenya. Yo tampoco lo sabía hasta que leí este libro. Este libro cuenta la historia de una colonia kikuyu establecida en un planetoide con el objetivo de llevar una vida basada en sus tradiciones ancestrales, antes de la llegada de los europeos. El protagonista de Kirinyaga es Koriba el mundumugu o brujo de la colonia, que es también el guardián y preservador de la tradición. Koriba es un hombre ilustrado, que estudió en las mejores universidades occidentales de la Tierra y es el único que tiene acceso a las comunicaciones con el mundo exterior, por medio de un ordenador con el que puede realizar ajustes en la órbita de Kirinyaga que controlan su clima.

También es un fanático intransigente, convencido de que la menor influencia de otra cultura sólo puede ser perjudicial para la suya y lo mismo sobre la desviación mas leve de la tradición.

El libro se compone de varios relatos. Casi todos ellos siguen la misma estructura: Koriba se encuentra ante un problema o un dilema que amenaza con alterar la sociedad kikuyu que considera perfecta y maniobra, mas o menos subrepticiamente para restablecer el orden, a menudo de modo cruel.

El personaje de Koriba es un gran acierto del libro. Como ya he dicho, Koriba es un fanático, como los peores de ellos, no acepta otra visión del mundo que la propia y por tanto se la impone a su pueblo. Lo triste es que es un fanático bien intencionado, que sufre y se preocupa sinceramente por su pueblo. En una ocasión, el relato Bwana, su intervención es beneficiosa. Aunque me cuesta reconocerlo, tengo que reconocer que hay parte de verdad en sus argumentos. Podríamos incluso decir que es un hombre bueno. Un hombre bueno que, por las mejores razones del mundo, comete actos incalificables, que impiden, aparentemente, que su pueblo evoluciones y digo aparentemente, porque tras cada crisis, algo cambia imperceptiblemente, que presagia el inevitable fracaso final de Koriba.

Koriba es uno, pero el libro está lleno de aciertos. Uno de ellos es la ambientación africana, que a mi al menos me ha resultado muy exótica. Resnick describe la cultura kikuyu imparcialmente, sin ocultar ni sus luces ni sus sombras. Una cultura bien integrada con su entorno si, pero atrozmente machista, en la que se practica la mutilación genital, los ancianos y enfermos se abandonan a las hienas y los recién nacidos pueden ser sacrificados por motivos absurdos.

Otros aciertos son las fábulas con las que Koriba se explica continuamente, que también son muy atractivas y, en general, el uso de los diálogos. En esta obra al menos, el diálogo es el motor de la escritura de Resnick. Son los diálogos los que hacen avanzar las tramas y la herramienta con la que los personajes expresan sus ideas y sus sentimientos y su uso me ha parecido casi genial.

Kirinyaga se subtitula ”Fábula de una utopía” y contiene reflexiones muy interesantes sobre las mismas, su carácter transitorio, su imposibilidad o como la utopía de una persona puede ser el infierno de otra. También obliga al lector a replantearse sus propios puntos de vista y considerar ideas ajenas.

Todos estos aspectos lo convierte en “casi” una obra maestra. ¿Qué defectos tiene? Bueno, pues lo que todo el mundo ha expresado antes que yo, obviamente. No se trata de una novela, sino de un fixup de relatos publicados a lo largo de varios años. Aunque hay una evolución y todos juntos forman una historia, leídos de seguido se hace patente que todos siguen el mismo esquema y puede hacerse repetitivo. Además, también hay ciertas reiteraciones, presentaciones de personajes y detalles de ambientación, que se repiten en cada relato. No son unos peros muy grandes, pero ahí están.

Mi vena friki y cretina me obliga a señalar un detalle que asaltó mi “suspensión de incredulidad”. En el primer relato, hay un momento en que Koriba amenaza con una especie de maldición al gran jefe y este se echa a temblar. Vamos a ver, que no se trata de una persona nacida en Kirinyaga, es un emigrante, que también tiene un ordenador en su casa y habla ingles. En otros momentos se nos dice que la población original de Kirinyaga estaba formada por fanáticos de las tradiciones ancestrales de Kenya que ya llevaban un tipo de vida similar en la Tierra. Aceptemos barco, a fin de cuentas tengo amigos y compañeros de universidad bastante supersticiosos, pero me sigue pareciendo demasiado exagerado que se aterre de tal modo, aunque ese abrazo a las supersticiones sea necesario para la historia que Resnick quería contar.

El volumen se complementa con un breve ensayo y una novela corta. En el ensayo Resnick explica que un escritor no tiene porque compartir los puntos de vista de sus personajes. No hacia falta que se molestara, pero parece que hubo polémica con estos relatos. Por su lado, la novela cuenta como los masai intentan construir su propia utopía en otro planetoide, aprendiendo de los errores de Koriba. Debo incluirla entre los defectos, porque es sensiblemente inferior al resto de la obra, parece incluso escrito a toda prisa, como si Resnick hubiera redactado una serie de notas sobre los problemas con los que se encontraría una colonia masai y las soluciones que adoptarían sus integrantes, si estos no fueran unos fanáticos. Tanto problemas como soluciones son interesantes, pero es como si se limitaran a enunciarlos, sin intentar hacerlos ni preocupantes ni divertidos para el lector. Aun así, es una novelette inteligente agradable de leer, que complementa el ciclo de Kirinyaga. Mientras que en uno asistimos a las decisiones de un fanático intransigente, aquí vemos como un grupo de personas bien intencionadas y mas abiertas de miras tratan de encontrar las mejores soluciones para todos. Es divertido y da buen rollo. El final es abierto, Resnick no garantiza que todos los problemas tengan solución, ni que a Kilimanjaro le vaya a ir mejor que a Kirinyaga, pero se permite cierta esperanza, resumida en la pregunta final:

¿No se te ha ocurrido nunca que la utopía tal vez no sea el resultado final, sino el mero hecho de luchar por ese fin?

Otras opiniones, que convierten la mía en redundante (por eso las listo al final)

http://sentidodelamaravilla.blogspot.com.es/2017/05/kirinyaga-de-mike-resnick.html
http://dreamsofelvex.blogspot.com.es/2017/06/kirinyaga-mike-resnick.html






martes, 4 de julio de 2017

“El Barón de Ballantrae” de Robert Louis Stevenson


He leído a mas de una persona afirmar que, con “La isla del tesoro” aprendieron que el mal podía ser atractivo, incluso simpático. No fue mi caso, los ilustradores dibujaban a un John Long Silver tan patibulario que me resultaba difícil olvidar mis juicios preconcebidos para ver al protagonista como Stevenson lo concibió y no como lo dibujaban. En mi caso, dicha revelación ocurrió con esta novela, conocida en ediciones anteriores como “El señor de Ballantrae”.

Para los que no la conozcan, la trama empieza en Escocia, durante el levantamiento jacobita de 1745. El cabeza de familia de una familia aristocrática decide, con buen tino, que, de sus dos hijos, uno se unirá a la rebelión y otro permanecerá fiel al rey de Inglaterra. Una moneda lanzada al aire decide el destino, el primogénito y heredero James, conocido a lo largo de la novela como el barón, será quien se una al bando jacobita y el menor, Henry quien permanezca leal.

Tras la derrota de Culloden Moor el barón es dado por muerto y Henry ocupa su lugar, acabando incluso casado con la prometida de su hermano, pero el barón volverá de su tumba, para alterar y arruinar para siempre las vidas de los que lo conocieron.

Creo que esta novela no me habría afectado tanto si mi primer contacto con ella no hubiera sido la película de 1953 de William Keighley, protagonizada por Errol Flynn. Lejos de ser un clásico, es un buen entretenimiento, pero una traición absoluta a la novela que pretende adaptar. Así que, en su día, empecé a leerla esperando encontrarme una divertida historia de espadachines y piratas, para encontrarme con un melodrama, centrado en la rivalidad entre dos hermanos.

Y el barón, el personaje interpretado por el jocoso Errol Flynn, es valiente, apuesto, elegante y seductor. Soldado, pirata, viajero. Es un líder que se hace con el mando allá donde va. Es un aventurero que recorre medio mundo, incluyendo lugares exóticos como la India y el oeste americano. También es un ser amoral y traicionero. Un egocéntrico, que sólo se preocupa por sí mismo, que manipula y utiliza a las personas que lo rodean, especialmente a los que lo quieren y que se divierte jugando con ellos como títeres y atormentando a su hermano, el pobre Henry, que es un ser básicamente bueno y honrado, pero gris: silencioso, reservado, paciente y trabajador. Mientras que su hermano es idolatrado en vida y en el recuerdo por su padre, su prometida y su pueblo, Henry es incapaz de conseguir ser amado. Sus súbditos le consideran injustamente un tirano, un avaro y, mas adelante, un traidor. Su padre y su mujer le estiman y le están agradecidos, pero eso es todo. El único afecto inquebrantable con el que contará a lo largo de su vida será el de su fiel asistente, Mackellar, el narrador.

El mal es atractivo, el bien resulta aburrido.

Aunque en algunas partes hay ecos de lo mejor de la novela de aventuras, “El barón de Ballantrae” es, básicamente, un melodrama, centrado en la ya mencionada rivalidad entre los dos hermanos, y un melodrama muy poco complaciente, en el que las vidas de sus protagonistas se echan a perder sin remedio. No hay redención, ni final feliz y, lo que es peor, en su parte final, asistimos a la degradación moral y psíquica a la que las humillaciones y desgracias sufridas acaban llevando a Henry, el personaje que hasta entonces contaba con la mayor parte de las simpatías del lector.

Es tan fácil convertir en el mal eso que llamamos el bien.

Y ese trágico final... Para los que no lo conozcan, no lo comentaré, pero es un final terrible, cruelmente alejado de las expectativas del lector, en el que todo lo que puede salir mal, sale mal. Recuerdo a mi yo adolescente, cerrando el libro, intentando convencerme a mi mismo de que no había leído lo que había leído, de que eso no había ocurrido. Y sin embargo… Sin embargo era un final tan adecuado … No era el final que yo quería, no era un final que me gustara, pero era un final magnífico.

Acabando, esta es una novela para pasarlo mal y con la que se lo pasa uno muy mal. Magníficamente mal. Al releerla ahora, tantos años después, en la edición de Valdemar, siendo un lector ya muy curtido, la impresión ha sido menor, aunque ha seguido siendo alta. Uno ahora se implica menos en lo emocional y se fija mas en la técnica: la reconocida apuesta por la sencillez, el elegante modo en que el texto trasluce la impresión de que el narrador, Mackellar, es un puritano, escrupuloso y puntilloso, sin que ello incida en su legibilidad, el agradable interludio de novela de piratas, la impecable construcción de las escenas cumbre (esa partida de cartas que termina en duelo, ese desenterramiento... momentos de auténtica MAESTRÍA con bien merecidas mayúsculas)

Una gran obra, si, aunque una obra pensada para llorar y gastar incontables paquetes de kleenex, cosa que deben tener en cuenta quienes se animen a leerla.